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"El enfermo de Abisinia"

En la historia de la Cultura existen personalidades, autoras de obras memorables, que persisten por décadas y siglos, presentes en la continua generación de preguntas e interpretaciones que no cesan. Jean Arthur Rimbaud (1854-1891) es uno de esos casos que no agota la tarea de sucesivos exégetas, antologistas y traductores, con obra hecha en período juvenil de unos cuatro años, en medio de tormentosa vida que rompe totalmente luego y salta al África, donde vivió poco más de diez años, con recomposición de conducta y aplicaciones en destinos antagónicos. Poeta que ha quedado para siempre en la literatura universal con “El barco ebrio”, “Una temporada en el infierno” e “iluminaciones”.

Se sabe de lo irreverente de la poesía de Rimbaud, con sarcasmo e ironía, hasta con altanera soberbia trata los temas de la sociedad y la religión. Es un "vidente" se dice, de la apertura hacia la modernidad, al romper cánones conceptuales y destrozar cualquier protocolo del buen decir. Estudiante sobresaliente que ganó todos los premios en el colegio, incluyendo los de versos latinos, por ejemplo, a los quince años.

Desde su poema "Invocación a Venus" (1869), suplanta la fe católica en la que fue educado por la diosa del amor, de la vitalidad, a quien le adjudica todos los poderes, con capacidad de estar presente o ausente en forma cíclica. Pero dado su estado de incandescencia, tampoco persevera en esa concepción. Su obra no tiene linealidad. Padece los altibajos de lo febril de un espíritu en ebullición, que se desata con la palabra creadora contra el mundo, asediado por el amor y repudiándolo también. Es la expresión suprema de la rebeldía, encanto que hace de su obra un referente contra tanto acartonamiento estéril. Libertad en permanente destello.

Su relación por dos años con Verlaine (1871-1873), calificada por los biógrafos como perversa, degradante, enfermiza, sadomasoquista..., pone en la cumbre sus posibilidades de desarreglo, pero al superarla e irse después al África (1880), cambia radicalmente su destino, la poesía queda atrás como en la desmemoria y sus nuevos emprendimientos son como los de otra persona, bien distinta: asume el comercio (de armas, azúcar, arroz, café, marfil...) con éxito monetario e incursiona en la cultura del Islam, y en lenguas como el inglés, el alemán, el árabe, el italiano, el ruso, el griego... Los cuatro años de temprana creación poética han quedado como referencia de genialidad, en los linderos de la factura formal y el rechazo más absoluto con todo lo establecido. Lo escatológico adquiere en sus poemas credencial de universo no derrotado, antes bien, son avanzada de guadañas y de pesada artillería.

En "El barco ebrio" (1871), que escribe sin haber viajado por Europa, incluso sin conocer todavía el mar, quizá trasciende los alcances de la desmesura que le espera: "Yo conozco los cielos que estallan en relámpagos, y las trombas/ y las resacas, y las corrientes; conozco el atardecer,/ el Alba exaltada igual que una multitud de palomas,/ ¡y he visto algunas veces lo que el hombre creyó ver!/ ¡He visto el sol poniente manchado de horrores místicos,/...///... ¡He visto fermentar las enormes marismas, nasas/ en cuyos juncos se pudre el Leviatán!/...///... Toda luna es atroz y todo sol amargo: el acre amor me llenó de torpores embriagantes./... Ya no puedo, ¡ay olas!, bañado como estoy por vuestra languidez,/ seguir la estela de los cargueros de algodón/..." En ese poema mayor está lo advertido de la tragedia personal y la grandeza de un alma que se extasía en los vericuetos turbulentos del mar embravecido que es la vida, con imágenes propias del parnasianismo, que críticos asumen surgidas más de lecturas que de vivencias.

El libro que motiva estas notas, suma al rico acervo relacionado con el genial autor, es el publicado en España, con el sello de Bruguera (Barcelona, noviembre 2007), del prolífico y acertado escritor colombiano Orlando Mejía-Rivera (n. 1961), con Arthur Rimbaud como personaje central, en especial la enfermedad que padeció. Tiene la característica de novela, en tanto con imaginación recrea escenas del "poeta maldito", con invención pertinente, relatos en la forma de crónicas o columnas de prensa y en cartas, pero ceñido a la existencia real del personaje, con una nota final ("Nota del autor") que en lo personal leí primero, donde aclara el soporte histórico y el predominio de invención, pero con la evidencia de aprovechar en fidelidad fragmentos de poemas y cartas de Rimbaud, como también al enunciar su hipótesis de haber sido el protagonista acucioso lector del Corán con la particularidad mística del sufismo, y dominio del árabe. De igual modo en esa nota insiste en su hipótesis fundamental sobre la muerte del poeta, no por sífilis, como siempre se ha creído en las versiones de los biógrafos, sino por contaminación de plomo, el "plumbismo", que es desarrollada en el cuarto capítulo.

La obra tiene cinco capítulos: el primero, un artículo de prensa del 16 de noviembre de 1871, publicado en "Le peuple souverain", con cuatro notas sobre París, suscrito por Edmond Lepelletier. En la primera nota critica al constructor Haussmann por la manera como borró de las calles los testimonios de las barricadas en la reciente insurrección de la Comuna de París (marzo/mayo, 1871); en la segunda llama la atención, con indignación, por el consejo de guerra que condenó a la "deportación perpetua" al patriota Elisée Reclus; en la tercera registra la salida en librerías de "Viaje alrededor de la Luna", novela de Julio Verne, rechazando que el autor se dedique a esas especulaciones de imposibles, como eso de hacer un viaje a la Luna, convocándolo a que escriba sobre la "realidad" y lo que pueda llegar a ser posible. Y en la cuarta nota comparte su asistencia al teatro Odeón donde se presentó antología de poetas parnasianos en un volumen, con alusión a varios de ellos, en especial la asistencia de Paul Verlaine, "poeta saturniano", cogido de la mano de la señorita Rimbaut, "persona encantadora".

Enseguida aparece nota de prensa, del 26 de noviembre de 1891 con la noticia de la muerte de Rimbaud ocurrida el 10 de noviembre, a los 37 años, calificado como poeta precoz, de juventud turbulenta que en la adultez fue al África donde se aplicó al comercio. También se registra la coincidencia de la salida a circulación de un volumen de poesía suya, "Reliquiare", el mismo día de su muerte.

A continuación está una "crónica especial", ya anunciada, atribuida a Edmond Lepelletier, condiscípulo de Verlaine, del 20 de diciembre de 1891, dedicada a Rimbaud, en la cual el supuesto crítico literario acomete el examen de la vida y la obra de Rimbaud, con premisas de suyo excluyentes, como al aludir a "escritorzuelos disfrazados de pensadores excéntricos o de músicos alucinados" y al echar mano de lo que llama "método Sainte-Beuve", en el sentido de considerar no solo la obra del autor sino su vida, imbricadas. Se refiere al conocimiento que tuvo de Rimbaud, que le fue presentado por Verlaine, con modales extravagantes, totalmente burdos, como al verlo comer en la mesa con las manos sin utilizar cubiertos, llegando a calificarlo como "engendro de suciedad y patanería". Le atribuye haber tenido su primera relación sexual con perro ovejero, calificándolo en su llegada a París proveniente de la provincia, de Charleville, su ciudad de nacimiento, de "malandrín de bajas tendencias", y de "pequeño demonio" que termina de amante de Paul Verlaine, en relación turbulenta, con consumo de "absenta" o "hada verde", llegando a calificar poemas que cita como producto de un "cerebro intoxicado", sin nada de ser genio, maestro o profeta, en expresiones de reconocimiento que se le hacían por los bohemios del Barrio Latino. El “crítico” se dedicó a derrumbar la imagen de Rimbaud, llegando hasta señalarle el haber atacado y rechazado los valores de Francia. No pierde ocasión para endilgarle calificativos de ignorante y depravado hasta en los gustos estéticos, enfrentándolo a esos si valores consagrados como Banville, Victor Hugo, Mallarmé y Musset. Le objeta el haberse ido para el África, donde esos "primitivos", por vergüenza ante la propia cultura francesa, para dedicarse al tráfico de esclavos y de armas. Le ridiculiza al citar fragmentos de sus poemas, aunque se muestra algo condescendiente con "El barco ebrio". Y reclama con énfasis que los poetas decadentes se dejen de hacer mito de un "loco inadaptado". Registra que su muerte se debió a la sífilis, llamada "morbo gálico", para terminar su diatriba pidiendo que nadie pierda el tiempo leyendo a ese "demente sifilítico".

Después, en el mismo capítulo de la novela, aparece breve carta al director publicada en el mismo medio -"L'Écho de Paris"- el 28 de diciembre de 1891, firmada por E. Delahaye, quien dice haber sido amigo de Rimbaud desde la infancia, con protesta por el artículo anterior, tratando a su autor de "hiena", atribuyéndole venganza y envidia ante la genialidad del poeta, calificando a este de "gigante de la mente y del espíritu", y en consecuencia ordena cancelar la suscripción al periódico. Como es frecuente, a continuación el director manifiesta en nota que "las opiniones de los colaboradores... no representan el pensamiento del director."

Luego aparece en la obra la carta que Rimbaud le dirigió a E. Delahaye, del 15 de agosto de 1891, anunciada por este en su protesta, y publicada a instancia del director, en la que recuerda escenas de la infancia juntos, con sentimientos negativos. "Lo único que me tranquiliza son esas imágenes que atraviesan las paredes de mi cuarto y me hacen revivir los sueños que tuve de niño", le dice. En ese ambiente de autodestrucción, califica de "intolerable" el "hedor de la vida", declarándose por siempre "exiliado" en la propia tierra, con la manifestación de su descubrimiento: ser "una sombra errabunda que busca la nada". Y rechaza a Occidente por considerar que "es una sucia tumba donde copulan los muertos". Describe su trabajo en Abisinia (la Etiopía de hoy), "comprando café, negociando con pieles de animales salvajes, pensando, meditando..." Y rebela haber conocido el Corán, a cuya lectura se aplicó con intensidad. Se califica como "un viajero, un peatón, un vagabundo que ha caminado por el mundo como un extranjero proveniente de otros universos."

El tercer capítulo de la obra contiene solo la carta que Verlaine le hace al médico griego Nikos Sotiro, el 12 de febrero de 1892, residente en Abisinia, quien allí estuvo cerca de Rimbaud. Carta en la que se manifiesta ebrio y atribulado con las ganas de resolver algunas inquietudes sobre aquel que fue su amante, declarando sentimiento doloroso al creer que fue el culpable de la sífilis de Rimbaud. Recuerda que cuando se conocieron en 1871, este tenía 17 años y él 27, "para romper en miles de fragmentos las líneas de mi destino", hasta decir que Arthur fue para él "lo indefinible, lo inexplicable, lo enigmático", recordando que abandonó su hogar, de esposa e hijo, para irse a vivir juntos a Londres.

Insiste en la carta sobre su tremenda angustia por haber podido ser el asesino del ser que más ha amado, con "veneración" e "idolatría". Le transcribe al médico dos tercetos de un poema suyo dedicado a Rimbaud, sin nombrarlo, en el que clama: "¡la nada es mi frío vencedor!", como víctima de la separación y del abandono.

El capítulo cuatro, el documento fuerte de la novela, es la carta pormenorizada de respuesta del médico Nikos Sotiro a Verlaine, del 21 de diciembre de 1892. En ella se refiere indistintamente a "Abduh Rimbo" (que significa "Rimbaud, el siervo de Alá"), y a "Arthur Rimbaud", para denotar al mismo personaje, que en Abisinia llevó el primer nombre como comerciante de café, con la clara distinción en personalidades del antes y el después, por ruptura categórica en las formas de vida, habiendo dejado la de escandalosa bohemia en la juventud, con abandono incluso de la poesía, para dedicarse al comercio y a la lectura de tratados técnicos en hidráulica, matemáticas, joyería e ingeniería de puentes, pero de manera central al Corán. La carta es pragmática, con la descripción de pormenores en la vida del personaje desde el mismo momento de su llegada a Harar, con reconocimiento de sus dotes de trabajador competente e intenso, hasta de haber ejecutado con destreza el "arpa abisinia". Lo trató en diversas oportunidades de úlceras en la boca, de ardor al orinar y algo de secreción amarillenta por el pene (reacciones a los tres días de acostarse con nativa), de pus en el índice de la mano derecha. Entra en detalle para desvirtuar que su padecimiento hubiera sido la sífilis, al describir los síntomas que finalmente le llevaron a la muerte, habiendo sido indicativos de contaminación del plomo, no descubiertos a tiempo por el médico Sotiro, manifiestos en "ese color ceniciento que cubría su cara y sus cabellos", lo que a su vez le llena de remordimiento, puesto que si hubiera identificado con oportunidad la enfermedad quizá lo podría haber salvado. Enfermedad de la que también murió su joven criado, Djami Dawai, por quien descubrió tardíamente la clave, que consistía en las vasijas de cerámica vidriada en la que cocinó para Rimbo y para él los alimentos, que al calentarse desprendían plomo, contaminación que los fue envenenando hasta la muerte.

Describe los detalles, en los cuales el autor de la novela, como médico clínico, es avezado. Finalmente se esclarece que lo padecido fue "plumbismo", o "saturnismo" que también se llama la contaminación crónica por el plomo, con todos los signos característicos descubiertos a destiempo por el médico y puestos en evidencia por el autor en la carta.

El médico no deja de lanzarle pullas a esos poetas malditos, víctimas del alcohol y las drogas, calificándolos de "pusilánimes", "angustiados mamitos". Al final valora la personalidad de Rimbo, que dejó admiradores y detractores, sin habérsele comprendido en su integralidad, pero lo identifica como "extraña criatura portentosa", "que vino al mundo como la exhalación de un cometa proveniente de una estrella desconocida y misteriosa".

El médico concluye la esclarecedora carta recordando uno de los suras que prefería Rimbo, el Rimbaud de Abisinia: "¿Quién es peor que el que inventa mentiras a cuenta de Dios y el que trata sus signos de impostura? Pero Dios no hará prosperar a los culpables." Carta que nunca recibió Verlaine, cuya muerte ocurre en París el 8 de enero de 1896, a los 52 años de edad.

Las advertencias de la nota final, fueron cabalmente cumplidas en el desarrollo de la obra, con el complemento de poner de presente el "análisis semiológico" riguroso que cumplió el autor, por intermedio de su personaje, el médico Nikos Sotiro, después de estudiar múltiples testimonios reales comprendidos en cartas y fotos del poeta en Abisinia, así como las observaciones de cercanos al personaje. El autor propone en la novela una hipótesis con asidero real que podría confirmarse con el análisis de los restos de Rimbaud.

La novela fue publicada por prestigiosa casa editorial española, lo que da a pensar que antes debió haber sido muy estudiada, en sus méritos literarios y en la novedad que involucra sobre la muerte del protagonista. Aparte de la muy grata y atrayente escritura, la obra involucra niveles apreciables de trascendencia, con reflexiones de hondura, de las cuales resalto las siguientes:

- "Lo único que me tranquiliza son esas imágenes que atraviesan las paredes de mi cuarto y me hacen revivir los sueños que tuve de niño." (Carta de Rimbaud a E. Delahaye; p. 50)

- "Descubrí lo que soy: una sombra errabunda que busca la nada." (Ibid.; p. 51)

- "Mis deseos son mi veneno." (Ibid.; p. 51)

- "Los dormidos necesitan pensar que los despiertos somos sus pesadillas." (Ibid.; p. 53)

- "... para mi quejarse es otra manera de cantar." (Ibid.; p. 53)

- "...: creo haber hallado la nada, lo vacío, los reflejos de lo no existente que es la única revelación posible de lo sagrado." (Ibid.; p. 54)

- "... un siglo de banqueros sin alma y de generales enfermos de poder." (Carta de Verlaine a Nikos Sotiro; p. 60)

- "... este infame mundo moderno que nos tocó vivir, en donde no hay lugar para los poetas." (Ibid.; p. 62)

- "... el mal trae el bien." (Ibid.; p. 63)

- "... por estas tierras desconfiamos de las palabras brillantes y bonitas, dichas casi siempre por personas que necesitan impresionar a los demás y, tal vez, engañarse a sí mismos." (Carta de Nikos Satiro a Paul Verlaine; p. 75)

- "Rimbo fue un auténtico buscador de lo sagrado en estas tierras perdidas de África..." (Ibid.; p. 80)

- "... los volcanes de los sentimientos salen y arrasan con las buenas costumbres,..." (Ibid.; p. 84)

- "... fui un niño feliz hasta que supe lo que es el vasallaje de otro pueblo,..."(Ibid.; p. 90)

- "Todos estamos cargados de veneno por dentro y somos peligrosos. La única manera de lograr relaciones amistosas o por lo menos tranquilas entre los hombres consiste en arrojarnos primero el veneno, es decir, en sacar todos los rencores y antipatías hacia el otro." (Ibid.; p. 95)(Sin duda alguna, reflexión que suscribiría Antanas Mockus)

- "Al intentar pensar para vivir despertamos al destino y todas las palabras moldean nuestro futuro." (Ibid.; p. 98)

- "... el infierno, el verdadero infierno, está construido con palabras." (Ibid.; p. 101)

- "... esa infamia en la que viven los países europeos, acostumbrados a considerar 'salvajes' a pueblos que, en realidad, son mucho más sabios y honestos que ellos." (Ibid.; p. 109)

- "... el tiempo se detiene como en una postal." (Cap. V: “Hotel de Rennes”; p. 115)

- "... la verdad nace de la imaginación." (pp. 9, 120)

Se trata, en últimas, de una obra excelente, de escritor nuestro con reconocimientos internacionales, en pleno vigor de su producción creadora, en cuentos, novelas, ensayos... Su libro “Pensamientos de guerra” (Premio nacional de novela, 1998; publicada en España y Francia en 2003) fue llevada a la escena por el “Taller de ópera” y la “Orquesta sinfónica juvenil” de la Universidad de Caldas, con presentaciones en Bogotá (“Teatro Colón”, con dos funciones en días consecutivos, 2002) y en Manizales. Es uno de los significativos escritores colombianos de nuestro tiempo, con creciente proyección más allá de las fronteras, de singular formación en los campos científico, filosófico, literario y humanístico en general, lo que le da más valor a sus obras.

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