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ISSN 0120-0216
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La naturaleza humana en la escala del delirio

Se dice que nos falta más y mejor educación para formar actitudes favorables al diálogo constructivo, con cobertura total de la población, lo cual es cierto. Pero no basta.

Pensar a riesgo es ponerse la persona en actitud deliberante, con talante inquisitivo, para elaborar argumentos, establecer comparaciones y descartar lo que no tiene importancia en el asunto que se estudia. Al pensar se establecen categorías o prioridades, por significados o por impacto, o por simple trascendencia. El pensar nos aproxima a la racionalidad como forma de tratar sin apasionamiento los problemas, y por consiguiente nos permite alejar la crueldad tan frecuente en los antagonismos. El artista-creador piensa de igual modo en figuras, en metáforas, en formas..., en soledad.

La racionalidad es actitud de construir todos los días, a cada momento, con maneras de acercarnos los unos a los otros, no por simple descarte en las diferencias, sino por la búsqueda de espacios comunes donde se pueda compartir, ahondar en las posibilidades de trabajo en común. El estar próximos puede favorecer el encuentro-en-diálogo con salidas apropiadas y en armonía, con pertinencia. Tímido esfuerzo continuamos haciendo ahora con la novena versión de la “Cátedra Aleph” en la Universidad Nacional, bajo el propósito de mirar a Colombia desde la Cultura.

Pero es tal la compulsión del mundo en las comunidades, que lo corriente es la disputa, el enfrentamiento, las distancias enervantes, con separación de oportunidades para la solución de los grandes problemas que asedian a la humanidad. La tradición de guerras ha creado secuencia en espiral, con desarrollo creciente de armas de exterminio.

El problema fundamental radica en saber si es posible detener la cadena armamentista, por medio de otras formas de resolver conflictos, a través del diálogo civilizado, donde impere la razón con sensibilidad, donde los argumentos sean el medio para el debate, con el propósito de llegar a acuerdos, o para reconocer las diferencias. De muy fácil enunciado todo esto, pero aún no alcanzamos a vislumbrar la posibilidad real. Se dice que nos falta más y mejor educación para formar actitudes favorables al diálogo constructivo, con cobertura total de la población, lo cual es cierto. Pero no basta. Es indispensable, en simultaneidad, satisfacer las otras necesidades básicas: trabajo, alimentación, vivienda, salud...

Los recursos que se invierten para sostener y crear guerras darían con holgura para resolver los problemas sustantivos. Palpitan las preguntas: ¿cómo acabar con las guerras y la fabricación de armamentos?; ¿será posible un mundo sin guerras?

Las culturas, los pueblos, las etnias, los grupos sociales... suelen generar mecanismos de autoconservación, con el agravante de los fanatismos. Las necesidades mismas enfrentan a unos con otros, y de pronto salta la ambición de dominio, de sojuzgar por la fuerza, de someter a los otros para aprovecharse de ellos y de sus recursos. La guerra aparece, entonces, como ambición primero de conseguir lo que no se tiene, pero que otros disponen, y luego por la ambición desmedida. La cadena sigue, hasta llegar a la situación actual del mundo, donde la globalización ha establecido poderes supranacionales bajo el signo $, más no del bienestar sostenible o del bien común. Hay urgencia de conseguir organismo mundial capaz de ejercer gobierno para todos, mediador y regulador. Las Naciones Unidas han sido un germen de respuesta a esa necesidad, pero todavía con alcance muy limitado. Por lo pronto se debería trabajar en dos direcciones, con simultaneidad: acabar con la pobreza, y ejercer una educación para todos, con fortaleza en el desarrollo sustentable. Hay intentos, sin duda alguna, y voces que claman en el desierto.

La onda actual del «eficientismo» no parece conducir en esa dirección. Quizá propicie el «consumo», desmedido en lo suntuario, con crecimiento del PIB de los países, en la creencia de que habría más ‘excedentes' para resolver las necesidades básicas. El modelo no ha dado resultados apreciables hasta el momento. Se repite una y otra vez, con cifras de la ONU: la pobreza crece, al igual que la concentración de la riqueza.

Cabe otra pregunta crucial: ¿Qué hemos aprendido de las guerras como humanidad, en lo esencial de las guerras ‘mundiales', en el sentido de aprendizaje para superar los conflictos de destrucción, pequeños o grandes?

La guerra sigue siendo preocupación profunda de nuestro tiempo, ¿tortura ineludible? Su existencia parece cerrarle el paso al ser humano, a los mismos protagonistas y a la llamada ‘población civil'. Los sentimientos de solidaridad, cooperación, altruismo, etc., siguen sin tener asidero en los procesos de formación desde la familia, pasando por toda la escala de educación formal. El interés personal es más determinante que el interés colectivo. Éste no concita, por desgracia, voluntades con propósitos de mayor alcance, ni sentido de Humanidad. Si se llegara a comprender que el interés colectivo es el camino más favorable, la sociedad aplicaría los mayores recursos, de todo orden, a cimentarlo.

O, a lo peor, no hay por qué ni para qué preocuparse. El filósofo Ernst Tugendhat me dijo en días pasados, con frialdad sobrecogedora, en reportaje que se publica en la revista Aleph No.138, lo siguiente: “Otras especies se han extinguido, no veo por qué la humanidad vaya a ser una excepción.” Al parecer somos actores conscientes de ese proceso.


Ref.: “La Patria”, Manizales, Col., 13.VIII.06; p. 5-a [www.lapatria.com]
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