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El siglo XX y sus cuestiones


Por el contertulio profesor Javier Vélez-Acosta, lector siempre alerta y de asombro, conocí, entre otros, dos libros de autores ingleses: "Historia del siglo XX" de Eric Hobsbawm (Ed. Crítica, Barcelona 2005) e "Historia intelectual del siglo XX" de Peter Watson (Ed. Crítica, Barcelona 2007), los cuales incorporé como referencias en la versión catorce de la "Cátedra Aleph-UN".

Los dos libros cumplen propósitos distintos. Mientras el primero se refiere a un siglo veinte corto (1914-1991), con examen juicioso de acontecimientos y elaboración meticulosa de interpretaciones, el segundo cubre el siglo y se soporta sobre indagaciones entre personalidades, para integrar un conjunto de obras que reseña, con el criterio de mostrar las contribuciones positivas del siglo XX en los distintos campos.

Hobsbawm desarrolla la obra con estudio de tres períodos: de 1914 hasta el final de la segunda guerra mundial, el que identifica como "época de catástrofes"; los siguientes 25 o 30 años, en el que destaca aspectos sobresalientes como el crecimiento económico y el cambio social, incluyendo profunda transformación humana, para identificarlo como una "fugaz edad de oro". Y el último, final del siglo, lo encuentra en "descomposición, incertidumbre y crisis".

A su vez Watson destaca tres aspectos sustantivos en el siglo XX: la manera como la ciencia se centró en los fundamentos de la naturaleza; la integración de diversas disciplinas de la ciencia para elaborar una historia coherente del mundo natural, y la privatización del Yo dejando a un lado lo público. Recuerda opiniones del historiador de las ideas Isaiah Berlin, quien manifestó estar asombrado de haber vivido intacto en un siglo caracterizado por "la más cruda falta de humanidad". Muy a pesar de esta interpretación Watson prefiere las contribuciones que implicaron avances.

Hobsbawm observa grandes transformaciones en el "siglo corto": desaparición del eurocentrismo; el mundo se orientó a convertirse en "una única unidad operativa" (la “globalización”), y la más perturbadora: la ruptura con el pasado, con acento en el individualismo al haberse configurado una sociedad integrada por personas atraídas por el beneficio individual en cualquier forma. Esa ruptura con el pasado ha sobrecogido a las nuevas generaciones. No hay interés en conocer los antecedentes institucionales o de estado, sino en actuar movidos por la supuesta validez del presente (“complejo de Adán”).
Watson, por otra parte, sin restarle importancia a lo que ha llamado la privatización del Yo, hace hincapié en la ciencia como motor del desarrollo, lo que ha marcado una era de cambio, con transición de efectos múltiples. Señala que antes ese motor lo eran los grandes hombres y la influencia de los agentes económicos sobre las clases sociales. Lugar que hoy ocupa la ciencia y la “tecnología”. Pero, a mi entender, se olvida de mostrar el enorme desfase que hay entre los asombrosos alcances cientifico-técnicos y el desarrollo humano. A pesar de las continuas y siempre sorprendentes conquistas de la ciencia, la pobreza crece, la concentración de capitales aumenta, la cobertura en la satisfacción de las necesidades fundamentales no hace sostenible a la sociedad actual y la violencia sigue haciendo de las suyas. Sinembargo, Watson pone de presente, por ejemplo, la separación que se ha dado entre las artes y las humanidades al reflejar, de alguna manera, la sociedad.

Muy a pesar de la apología que se hace de la ciencia, no se deja de acudir al testimonio de los poetas, como lo ha hecho Watson al citar de T.S. Eliot su poema "Miércoles de ceniza" (1930), quien señala en él lo positivo del tiempo que le correspondió pero con momentos gloriosos no distantes de la enfermedad, en especie de unidad de contrarios, como en la dialéctica clásica. La aparición del poema coincide con el "crash" y con el auge de las tres grandes fuerzas del siglo XX: la ciencia, la economía de libre mercado y los medios de comunicación de masas. El mismo autor interpreta que las culturas son intentos de hacerse al mundo natural, así como a otras formas de creencias más propias de las religiones, pero con objetivos que las congregan: la belleza, el conocimiento y la verdad, expresiones y búsquedas de aproximación.

Hobsbawm dilucida las causas y momentos de tensión internacional, con posterioridad a la guerra fría, con el agravamiento de la brecha entre regiones ricas y pobres del mundo. También el auge del fundamentalismo islámico y la xenofobia en los países ricos. Nada optimista el autor al observar el desorden mundial, sin saberse su naturaleza, manifiesto en una gran crisis, que demuestra el fracaso en las maneras como se han venido enfrentando los conflictos, las diferencias y las desigualdades, con tremenda incapacidad para conducir por mejor camino las cuestiones de la humanidad. La historia nos ha traído al punto en que estamos, con desarrollos científico-técnicos que han puesto en alto riesgo el medio natural, sustento de la vida, y fuerte erosión del pasado, con evidencias de haber llegado a un "punto de crisis histórica". Es urgente un cambio de modelo, como posibilidad de futuro con transformaciones que tengan en prioridad la vida.

Hobsbawm y Watson emprendieron el estudio y la reflexión sobre el siglo que pasó, dejándonos hondas preocupaciones sobre el destino humano, bajo la seguridad de ser el pasado nada definidor de orientaciones para el futuro. No basta irnos por las ramas con miradas que excluyan acontecimientos y signos de crisis. La conquista de bienestar está subordinada a otros factores que preponderan, pero sin descartar las necesidades del ser humano de regocijo y creación.


Ref.: “La Patria”, Manizales, 10.V.09;   p. 5-a http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticiaOpinion.aspx?CODNOT=65506&CODSEC=13

 

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