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En el México de La Tepache y Bonifaz-Nuño


Caminando por calles de Tepic, la capital del estado de Nayarit, me sorprendo con el aviso de un negocio de veleidades culturales: "Casa de María Tepache", título apropiado para una novela, un cuento, o una película. No entré a ver con detalle, me bastó el nombre. Seguí pensando en quien podría ser, o haber sido, esa mujer. A lo mejor un apodo.

Se me alborotó el sentido de especulación, y la vi mestiza, con la casta de los huicholes, trajinadora de la vida en los más complicados frentes de la dicha y la desgracia. Líder comunal y amante de dignatarios provinciales, o de autoridades con uniforme y gorra militar. Aquella María de mi imaginación se deshizo en súplicas frente a estatuas de héroes y de santos, cuando la edad le dio para el obligado retiro de las andanzas.

Recordaría aquel encuentro con el coloso de las mil batallas, cuando suplicante le llevaba flores de girasoles silvestres, y con desdén tejía con sus manos de prodigio el destino de anónimos transeúntes. La Tepache, como se la nombraría en los mentideros de la política y la milicia, se iría desdibujando en las historias de la ciudad, hasta quedar grabado su nombre en ese aviso de tienda por calle solitaria, más favorable al deambular de misteriosos forasteros que van en busca de imágenes para sus cámaras digitales, o para aliento de la imaginación, tan escasa en estos tiempos de los quiebres bursátiles. María habría de pronunciar palabras últimas al despedirse del mundo, como salutación a la vida escapada, a la vida sin corrección ni límites, a la vida que no deja palabras con vida. A la vida de antes, la de siempre.

Este México sigue siendo de sorpresas por todas partes. Están, por ejemplo, los frescos centrales de José-Clemente Orozco en el "Hospicio Cabañas" de Guadalajara, con visitas gratuitas los martes, en lo fundamental de escolares, a cargo de guías lúcidos y entusiastas. Y el testimonio que recogí en más de dos horas de conversación, en su taller, con su nieto, el también pintor-dibujante-grabador, del mismo nombre. Los titulares de prensa a diario derraman el recrudecido conflicto, del que Colombia conoce todo lo sabido e ignorado. Y la vida educativa-académica-cultural florece como en los parques y en las calles aquellos seres vegetales sobrevivientes de todas las contaminaciones. Los suplementos literarios, las revistas culturales, los recitales y conciertos, las librerías,... copan cualquier destino de las horas libres. Las grandes personalidades de la inteligencia siguen palpitando en las editoriales y en los órganos de expresión, como si el apego a la tierra y a la gente no les permitiera escapatoria alguna.

Es el caso, por ejemplo, del gran poeta Rubén Bonifaz-Nuño, de singular formación clásica en griego y latín, quien a los 85 años, ciego, resiste a jubilarse de sus labores en la Universidad Nacional Autónoma de México, con asistencia diaria, en las mañanas, a su oficina en piso alto de la biblioteca central de la UNAM, puesto que considera que su cabeza sigue siendo activa, aunque no puede leer ni escribir dicta a su secretaria, Paloma, no sin dificultad, los trabajos que considera pendientes en traducciones suyas como "El tratado de los deberes" de Cicerón, o la "Lírica" de Horacio. Ha publicado más de 80 libros, entre traducciones del griego y el latín, investigaciones sobre cosmogonía prehispánica y poesía. Ante todo poeta, sin cabida en moldes o escuelas, novedoso siempre como lo demuestra en "Fuego de pobres", "As de oros", "Al sur de amor"..., o en antologías tan selectas como "De otro modo lo mismo", o la recién publicada en Visor, "Luz que regresa". Miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, fundador y director del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, usador de chalecos estrambóticos, con infaltable corbata, y de singular desorden en sus espacios de vida. Acumula en su memoria todos los saberes, incluyendo los de la infancia en Astronomía. En la cadena de premios y reconocimientos se le entregó el pasado 4 de noviembre, en el Museo Nacional de Arte, la "Medalla de Bellas Artes", con la que quizá se asome a la culminación de su vida intelectual, de las más prolíficas y singulares en el mundo hispánico. Recordarlo también vale en su poema "Ábrese el fuego, y salta la burbuja": ".../ Ya, para no caerme, estoy colgado/ de tu clavo, alegría; de tu absorto/ badajo, de tu azúcar infalible/ de mujer conseguida/..."

¿Acaso por estos lares María Tepache se escurre por resquicios de la vida y asoma en las palabras de procedencia inconsciente en las imágenes de los creadores y en los muros de piedra silenciosa, con el testimonio de las arrinconadas y las celestes auroras, en los Méxicos prehispánico y moderno?

Este México que he trajinado, con Livia, por el Distrito Federal (en la UNAM centralmente, y por Coyoacán, San Ángel, Condesa,... Chapultepec, el Templo Mayor, Teotihuacán...), por los centros coloniales de Querétaro, San Miguel de Allende,... León,... Guadalajara..., en la compañía hospitalaria de amigos admirados como Tomás e Irma-Guadalupe, Gabriel, Humberto y Liduska, es el México de los testimonios fehacientes en lo prehispánico y en los símbolos transformados del águila y la serpiente emplumada, hacia destinos de creación y libertad. Con el misterio de fondo de quien fuera, o pudo haber sido, la tal María Tepache.


Ref.: Diario “La Patria”, Manizales, 15 de marzo de 2009;  p. 5-a  [lapatria.com]
http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticiaOpinion.aspx?CODNOT=61327&CODSEC=13

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