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La tarea del docente como aspecto central


Para mí es muy conmovedor volver a estar en este lugar, gracias a la invitación gentil del señor Decano de la FIA, profesor Luis-Edgar Moreno. Aquí se conjugan los recuerdos de dos personalidades que me fueron próximas, y que lo siguen siendo en mi acontecer de vida: el maestro Germán Arciniegas, a quien dedicamos este espacio, en su presencia, con descubrimiento de placa, y donde se preservan algunos de sus libros con dedicatorias autógrafas. A la otra personalidad aludo a continuación.

Amigas y amigos:

Además de reconocernos en el día del profesor, como asunto central de este acto, no es de soslayar los primeros cuarenta años de la carrera de Arquitectura, creada por el Decano Magnífico, Alfonso Carvajal-Escobar, quien asumió la dirección plena de esta sede en 1964, en una gran crisis que la tuvo al borde de ser cerrada, por la “carga” que supuestamente representaba para Bogotá, y la resucitó, si me permiten el término, o mejor, la refundó, proyectándola con lineamientos ambiciosos, todavía hoy de plena vigencia, en los cuales el ambiente cultural se estimaba como la matriz sustantiva para el ejercicio de las funciones plenas de Universidad. Y a fe que fue florecimiento que marcó la historia de nosotros. Este mismo lugar, identificado como “Campus El Cable” fue su conquista oportuna para crear Arquitectura, en 1969, entre otros programas que le antecedieron y siguieron, hoy con características remozadas, tanto el lugar, el programa y la Sede regional en su conjunto.

Esta ocasión, en la que también se presentan libros, resultado de la laboriosidad de los profesores, me remite a lo expresado por Jorge-Luis Borges en unas pocas líneas introductorias de su último libro, “Los Conjurados”, dictado en 1985 a su Maria Kodama en Ginebra, a donde quiso ir a morir, lo que ocurrió al año siguiente: “Sólo podemos dar lo que hemos dado. Sólo podemos dar lo que es del otro.”  Y estos libros salen del cerebro y las manos de los profesores porque su destino ya estaba señalado, la pertenencia a los otros, alumnos y colegas, con el deseo de compartir y de dialogar o debatir sobre los resultados. No de otra manera se explica el deseo de testimoniar cada uno su trabajo, sino por la motivación de pertenencia a los demás. Hoy se entregan porque ya eran ajenos.

Asimismo, la oportunidad es centralmente favorable para intentar decir algo, una vez más, acerca de nuestro papel de vida diaria, en las circunstancias de un país cruzado de problemas, en todos los tamaños, escenarios y direcciones.

Se me ocurre pensar que un docente, integral e íntegro, es aquel a quien le sorprende tanto la noche como la mañana, con la voz de los alumnos en la memoria, ocasionándole pensamientos gratos, o dudas para enfrentar con sensatez, y quien además lleva la jornada de manera amable y suscitadora, entre las lecciones que imparte y los diálogos. Los estímulos han de ser su bandera en relación con ellos, pero también la comprensión frente a tanta situación dispar que se presenta en discípulos y colegas.

De un proceso semejante a la armonía en la música, con la inquietud viva por explorar de manera continua en busca del saber, deberá estar llena el aula, todos los recintos, para el caso, de la Universidad.

La vida en la institución ha de ser febricitante, en solidaridad y afectos, en ansias de conocer y compartir. Nadie podrá quedarse quieto esperando a que de golpe le llegue la suerte salvadora que lo redima de la postración o la indiferencia. No hay caminos fáciles, y el que se elige para la formación propia, de aprendizaje constante y de entrega hacia el buen destino de los demás, será quizá el más arduo, pero es el camino escogido, o el que nos tocó, el que hemos seguido por meandros y montañas escarpadas. Algo de bueno habrá en lanzar, a veces, la mirada a lo lejos, con sentido de avizorar o de disipar las presiones que nos circundan. O de pensar en formas de construir futuro, con sentido de innovación y de esparcir el bienestar, para compartir incluso el gozo, la placidez de instantes de arraigo.

La compensación más grata estará en los logros que alcanzan a sentirse generados en los otros. La relación de comunidad, construida con entrega y transparencia, servirá de motivación nueva para otras jornadas y para las siguientes generaciones.

Pero cabe preguntarse en ocasiones: ¿cuáles serán los fundamentos, los cimientos, o los postulados válidos que puedan involucrarnos para ejercer su función múltiple la Universidad?  De estudio y meditación permanente sobre el tema, sobre lo cual he ido dejando testimonios escritos, puedo correr el riesgo de recogerlos, en confianza con ustedes, sin perder la configuración de institución con un milenio de vida, y los congrego tratando de reconstruir un hilo conductor.

Desde el origen de la Universidad en el siglo XI ha habido principios insustituibles, como lo son la libertad académica, el respeto absoluto y el esfuerzo por la continua superación. Después la noción de Universidad se fue ensanchando al incorporar disciplinas de ciencia, arte y humanismo en relación con la formación universal, con el empeño de elevar el carácter moral de educadores y educandos; también se asimiló su papel en la Cultura, en tanto esta cumpliese una función unificadora, al igual que fortaleciera en las personas la capacidad de pensamiento crítico, con ejercicio de la investigación, y en general de la educación universitaria, con generosidad y altruismo, sin limitar los desempeños a la utilidad inmediata.

Esta manera de enunciado aglutinante, resume la comprensión que, en mi caso, he ejercido en las actividades académicos y en la vida intelectual, vida en la Cultura, y que configura el soporte de la gesta universitaria que hemos acompañado desde temprano, en desarrollo ascendente, no sin altibajos, en esta sede regional.

Para terminar quiero compartir, en este día en el que nos sentimos más cerca, una cita inquietante por lo esclarecedora, sobre el significado último, sin demérito de nuestro papel, en el significado de ahora al festejar la vida en comunidad académica. Se trata de una rubaía de ese gran poeta universal, persa, del siglo XI, también matemático, astrónomo, arquitecto, naturalista y filósofo metafísico, cuyo tratado de álgebra tuvo vigencia, incluso en Francia, hasta mediados del siglo XIX; poeta de todos los tiempos, de nombre Omar Iben Ibrahim el Khaiami, más conocido como Omar Jayyam, el autor de "Las Rubaiatas". En la rubaía que comparto se muestra la realidad del acontecer humano, con la evidencia del vendaval del tiempo, en su capacidad inexorable de arrastre, con el patetismo del paso vertiginoso de la vida, efímera, muy a pesar de la trascendencia de las obras humanas, lo cual nos debe convocar en cada momento al difícil ejercicio de la humildad.

Dice Jayyam:

Yo tenía un maestro cuando estaba en la escuela.
Después fui maestro y creí triunfar.
Escucha el final. Todo esto es tan solo
un puñado de polvo bajo el soplo del viento.

 

Muchas gracias.

Carlos-Enrique Ruiz


Manizales, Universidad Nacional de Colombia, “Biblioteca Germán Arciniegas”, Campus El Cable, 14 de mayo de 2009

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