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Manizales en afónica ilusión


Ha faltado magnanimidad para asimilar esa experiencia asombrosa de la Orquesta Sinfónica y del Taller de Ópera. La ruindad campea, a veces en silencio mordaz, por calles, pasillos y tertulias.

En las semanas más recientes se ha repetido el conocimiento público de la situación que padece el "Proyecto sinfónico-lírico", con la Orquesta Sinfónica y el Taller de Ópera, y número importante de grupos de cámara asociados, anclado desde su origen, hace varios lustros, en la Universidad de Caldas, bajo la batuta de una personalidad de tenacidad férrea, el maestro Nelson Monroy. El historial de esas agrupaciones es bien amplio en montajes de obras clásicas y modernas, con formación progresiva de músicos hasta niveles de profesionalización, algunos de ellos incorporados a orquestas de mayor rango en otras ciudades colombianas, y varios en el exterior, como el caso de dos que ganaron plazas titulares, en violín y chelo, por concurso en la Orquesta Sinfónica de Boston. Pero nuestra capacidad de justipreciar sigue siendo escasa, por no decir ausente.
El problema, a mi manera de entender, comprende tres aspectos. Por una parte, lo limitado en la creación de conciencia colectiva sobre la importancia de la actividad artística, muy a pesar de haber tenido apreciable número de temporadas de ópera y de conciertos con salas llenas de público entusiasta. Lo segundo, la incapacidad institucional de asumir la administración, con estatutos acordes con la naturaleza del desempeño artístico. Y lo tercero, la falta de cohesión en intereses y compromisos de los docentes integrantes del departamento de Música, antes Conservatorio de Manizales. Ha faltado magnanimidad para asimilar esa experiencia asombrosa de la Orquesta Sinfónica y del Taller de Ópera. La ruindad campea, a veces en silencio mordaz, por calles, pasillos y tertulias.
El problema principal no es el dinero. Los recursos económicos aparecen como consecuencia del reconocimiento en la importancia social de proyectos de esa naturaleza, y de los apoyos en infraestructura organizativa que se dispongan.
No hay que llover sobre mojado, solemos decirnos, pero con extrema frecuencia se repiten los episodios de crisis, con la angustia inocultable de protagonistas que tratan de afianzar, con dedicación y calidad, el trabajo propio. Se navega en contravía de los intereses dominantes, estos más favorables al mundo de los negocios lucrativos, a la acumulación de dinero, con los riesgos del "dinero fácil". La dirigencia política, ni se diga lo insulsa. Jóvenes de talento tratan de asomarse con independencia a la vida pública, motivados y de buenas intenciones, pero con dificultad alcanzan a empinar la cabeza, si es que los dejan los "capos" con electorado cautivo.
Es ausente de la vida pública la noción de la Educación y Cultura como eje del más acertado desarrollo, con visión integral y estratégica. Estamos mediatizados por la avalancha de noticias crueles que los medios morbosamente reiteran, sin consideración alguna. Las acciones positivas, que implican avances en construcción de ciudadanía, poco eco tienen. Los gobiernos, a su vez, están  implicados, con legitimidad, en cómo resolver las diversas expresiones de violencia, sin ocuparse de la corrupción generalizada ni de la capacitación en valores sustantivos de toda la población. Estamos lejos de una reforma educativa contundente, intensa y generalizada, que parta de la formación comprometida de relevos docentes, con el arte en el centro, como posibilidad de despertar y cultivar la creatividad, tan necesaria para todos los campos de acción. Han desaparecido de los pénsumes escolares áreas fundamentales como las artes y la historia. La música queda como aplicación de unos pocos en las bandas, con logros de admirar. Y ejercicios de mayor rango son marginales.
Es indispensable aprovechar la crisis para tomar conciencia de responsabilidad frente al papel social de las artes y el humanismo, sin desconocer el fuero necesario de la vida económica, pero esta no puede ser del exclusivo predominio. La sociedad tiene que reconocerse en la potencialidad de su espíritu, con privilegio a formar y aun fortalecer el sentido del respeto y la solidaridad. Ejemplo mundial lo han dado un hebreo (Daniel Barenboim) y un palestino (Edward Said) al crear en 1999 una orquesta con jóvenes árabes y judíos, con el sentido de mostrarle al mundo las posibilidades de la Música para aclimatar el respeto en las diferencias, con pleno despliegue de la creación.
Se ha vuelto un lugar común repetir que niños y jóvenes que asuman un instrumento, no tomarán nunca un fusil. Sin practicarlo en la vida diaria, con organizaciones surgidas con esfuerzo, venciendo casi todos los obstáculos, y en cuyos desempeños cotidianos no ocultan los estertores. Si nuestra sociedad quiere dar un salto adelante, será con la Cultura al frente y en las entrañas. De nada servirá continuar midiendo el avance con los indicadores econométricos. Hay que darle prelación a lo cualitativo, sin desconocer los soportes materiales, organizables y planificables.
En este año del bicentenario de la muerte de Haydn, y en proximidad del bicentenario de la Independencia, hay que confiar en el renacimiento de la sensatez, para aglutinar voluntades, sentar las bases organizativas institucionales y poner en nueva marcha, con fervor, la Orquesta Sinfónica y el Taller de Ópera. Y que las demás organizaciones, de arraigada historia cultural, no sigan navegando a la deriva. Los gobiernos nacional, regional y local, deberían recapacitar, asistidos por intelectuales de reconocida solvencia, para asumir el reto de forjar personas de acendrado espíritu, con derecho a la creación en solidaridad y al sosiego comunitario, desde la Cultura, en sus múltiples formas, con la Música, emblema para la integración polifónica de una sociedad con ambiciones sensatas y apego a la vida, en trascendencia.


Ref.: “La Patria”, Manizales, 14.VI.09;  p. 5-a
http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticiaOpinion.aspx?CODNOT=68407&CODSEC=13

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