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Isaiah Berlin: librepensador imprescindible


Hasta en círculos presumiblemente intelectuales suelen sobrevalorarse las actitudes llamadas pragmáticas, un mal que persiste, con el consiguiente desprecio por las elaboraciones de pensamiento, o quizá considerando que estas son cosas de la "academia". De ahí la importancia de hacer énfasis en personalidades del pensamiento que han impactado la historia y que, en algún grado, han contribuido a esclarecer problemas, panoramas y posibilidades. Y más importante aún inculcar ese conocimiento en los jóvenes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Isaiah Berlin, a los 85 años

Un caso emblemático en nuestro tiempo es Isaiah Berlin (1909-1997), de raigambre rusa, inglesa y judía, apasionado del arte y las ideas, cuyo centenario de nacimiento se recuerda en ámbitos de prestigio. Por ejemplo, en Colombia se preparan actividades académicas para examinar y divulgar su obra en la Universidad EAFIT de Medellín, y en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Caldas.

Llegué a Berlin, hace años, por un libro que encontré en vericuetos de librerías, "El erizo y la zorra", con estudio prologal de Mario Vargas-Llosa. Obra que interpreta el enigmático verso de Arquíloco: "Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande". El erizo intimida por su cobertura de dardos. En cambio, el zorro se identifica por la astucia. En la comparación procura identificar a quienes están dominados por concepciones y soluciones únicas, y a quienes miran las situaciones y los problemas en su complejidad, con pluralidad de enfoques y posibilidades. Por cualidad sobresaliente nombra a Dostoievski del lado del erizo, y a Pushkin lo califica de "archizorra". En la condición de erizo está el fanático, y en la de zorra está el escéptico. De igual modo considera, en general, que la política es terreno de erizos, y las letras y las artes de las zorras.

La obra es un penetrante estudio, como todos los suyos, sobre la visión histórica de Tolstoi, a quien considera personalidad del justo medio. Y en ella trata uno de los problemas más fundamentales: la libertad, con la idea de no poder alcanzarse, pero a la vez con la imposibilidad de vivir sin ella. Da pasos también para dilucidar el "sentido de la realidad", con la posibilidad de saber lo que pueda aceptarse y lo que en definitiva se rechaza.

Después de aquel libro me vinieron otros, en especial sus "Cuatro ensayos sobre la libertad". Con su actitud intelectual y de pregón rechazó siempre la violencia física. Oxford lo tuvo como protagonista académico, de buen gusto por la vida social, con simpatía y erudición cautivantes. Conoció a Albert Einstein, con quien tuvo formales discrepancias, pero con coincidencias como en la idea de solo ser aceptable el mundo de la experiencia humana, como real, y en el rechazo a los nacionalismos. Para mirar los problemas reclamaba menos apasionamiento, un poco más de escepticismo racional y más respeto por las idiosincrasias. Hizo diferencia entre la libertad negativa y la positiva; la primera apuntando a permitir que cada cual haga lo que quiera, sin interferir la libertad de los demás, y la positiva la identificó con las teorías políticas que buscan emancipar al ser humano. La política que exponía tuvo como interés las manifestaciones del querer de las personas. La libertad, para él, no es posible en quienes son víctimas de la pobreza y la falta de educación. Fue comprensivo en la validez de reglas generales, que limitan la libertad pero que buscan proteger a las personas, al estimar que la prédica de libertad total no es otra cosa que total anarquía. El pensamiento lo unía a la capacidad de diálogo.

Poco le importó saber si la vida tenía sentido, y favorable más bien a que las cosas ocurran como deben ocurrir, un tanto fatalista, pero sin que cada persona deje de hacer lo que le corresponde. Le inquietó la cuestión de existir mundos morales antagónicos, en concordancia con la posibilidad de aceptar el pluralismo como forma de coexistencia. Miraba con sospecha los enunciados de verdades más allá del tiempo. En la filosofía vio la oportunidad de desenmascarar la palabrería de la política, tan propicia al engaño y la manipulación. Tuvo el acierto de concebir que los valores, los ideales y las formas de vida, no se descubren, sino que se crean y se construyen.

Berlin presenció el fracaso del comunismo, lo que no le impidió aceptar que Marx fue el primero en advertir el ascenso de las grandes finanzas, la influencia de la técnica o la tecnología en la cultura y en exponer el entramado del capitalismo. Y no se cansó de repetir que era un liberal, con los mismos valores que distinguieron a Voltaire, Helvétius, Holbach, Condorcet, Montaigne... En cuanto al fanatismo, reclamó el esfuerzo de persuadir a los fanáticos, previo conocimiento de los soportes de sus creencias, antes de acudir a la guerra, en extrema necesidad.

En la Revista Aleph tuvimos la suerte de alcanzar comunicación con él y en sus páginas quedaron testimonios: carta personal reproducida en la edición 100, y frase que entresacó de ensayo suyo sobre la libertad, manuscrita en inglés, de su puño y letra, reproducida como facsímile en la número 93: "... los que valoran la libertad por sí misma creyeron que ser libre para elegir, y no para que elijan por uno, es un ingrediente inalienable que forma parte de lo que hace humanos a los seres humanos..."

 

["La Patria", Manizales, Col., 9.VIII.09]

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