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El fanatismo, ¿caso perdido?


El gran escritor Amos Oz, que permanece en la antesala del Premio Nóbel, ha sido creador de novelas fascinantes, como aquella "Tocar el agua, tocar el viento", o "Un descanso verdadero", o "De repente en lo profundo del bosque", y de tantas más, en las que combina el juego de símbolos con historias de amor y desamor, y con asuntos autobiográficos, en medio del grave conflicto Palestina-Israel. Intelectual formado en medio de fenómenos agobiantes de nuestro tiempo. En la versión 15 de la "Cátedra Aleph" nos hemos dedicado en este semestre académico a estudiar su ensayo "Contra el fanatismo", relacionándolo con el "Encuentro con el otro" de R. Kapuscinki. Dos colosos de la inteligencia comprometidos con los mejores destinos de la humanidad, trajinados en escenarios nada fáciles.

El fanatismo lo hemos asimilado de los conflictos religiosos y políticos, pero es un remanente en la vida de personas y sociedades que ha llevado a Oz a considerarlo un "gen del mal", siempre actuante, con posibilidades de apenas ser atenuado con la educación desde la familia, fortaleciendo el sentido del humor y la imaginación, con recursos de la literatura, y del arte en general.

Aludimos al fanático como aquella persona, grupo y organización, obsesionados por convertir al otro a su causa, o destruirlo de no poder conquistarlo. El fanático no se ve a sí mismo en sus defectos y utiliza, incluso de manera inconsciente, el terrible principio de "el fin justifica los medios". Así se hicieron las cruzadas, las conquistas,... y el mesianismo sigue estimulando ese proceder, en escenarios de ideologías, de la política, de las religiones, con la secuela de múltiples formas de violencia. Los límites no aparecen en el fanático, al no aceptar lo distinto, ni las diferencias. Su creencia es la válida y hay que imponerla a lo que dé.

Hay fanatismos en la vida cotidiana, como la ejercida contra fumadores, y la de vegetarianos, pacifistas, ambientalistas y conservacionistas, a ultranza. Asimismo en el culto a la personalidad, en la condición exacerbada de líderes políticos o religiosos, o de individuos en trance de cautivar. Y tantas formas menudas en las relaciones familiares, de amistad e institucionales, con efectos de imposición a otros de conductas o de pareceres. Todos tenemos algo, o mucho, de fanáticos, lo que nos lleva a actuar en ocasiones con desmesura, y habrá que comenzar por identificar esas situaciones personales para intentar persuadirnos de su inconveniencia.

El autor de marras no ve posible que el fanatismo sea reducido, apenas morigerado con recursos del humor y de la imaginación. La lectura de autores como Shakespeare, Kafka, Gógol, Faulkner... ayudaría, dice Oz. Y, diría, en general de autores clásicos, o los contemporáneos consagrados. Y con la aplicación y apreciación de las múltiples formas del arte, con la música en su expresión más acabada. El fanatismo, lo advierte, termina tarde o temprano en tragedia o en comedia. Incluso el desespero puede conducir al fanatismo.

Oz considera que aquellas certezas que acompañaron a la humanidad hasta bien entrado el siglo XIX, como poder saber dónde pasará cada uno la vida, a qué labores dedicarse, y lo que sobrevendrá después de la muerte, fueron demolidas en el siglo XX, imponiéndose en la primera mitad de éste las ideologías, y en la segunda, con características de ferocidad el egoísmo, el hedonismo y el festín de los aparatos, bajo la consideración de la felicidad ser objeto del dinero.

En su naturaleza el fanatismo contamina y se expande. Oz contrapone a la visión del humano como isla, la de estimarlo como península, por cuanto tenemos una parte atada a tierra firme y la otra que mira al océano, al infinito, con posibilidades de distraer el espíritu, de soñar, de aventurar pensamientos y creaciones, de alcanzar ciertas formas bienhechoras de éxtasis. Asevera Oz que esa es la verdadera condición humana, ser penínsulas, e invoca que deberían dejarnos ser, por siempre, de esa manera.

En la Cátedra ha habido controversia saludable sobre el tema. Los alumnos examinan los textos y se atreven a discutir, incluso a disentir. No ha faltado quien explore cierta manera de fanatismo en positivo, de haberla. Y se ha planteado el interrogante de si al fanatismo de los nazis, en la segunda guerra mundial, correspondió otro fanatismo en sentido contrario, representado por las fuerzas que resistieron, se les enfrentaron y finalmente los derrotaron. De igual modo un alumno aventuró clasificación del fanatismo en cotidiano y en absoluto, con razones y aporte de ejemplos, lo que animó de nuevo el debate.

Amos Oz concluye su discernimiento, reiterando que todos llevamos por dentro un gen fanático, el que apenas podremos atenuar con herramientas como el sentido del humor, la capacidad de imaginar y reconocer al otro, y el sabernos que somos penínsulas, no sin asimilar la globalización en su parte más drástica, la de "infantilizar la humanidad", haciéndola esclava de cuanto cachivache aparece en los mercados, atraídos los individuos por el furor de la publicidad y el consumismo.

["La Patria", Manizales, Col., 13.IX.09]

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