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Decíamos ayer...


Es un decir que el mundo actual se encuentra en transición, con crisis generalizada, hacia una nueva época que no presumimos cómo podrá ser. Si recordamos a Heródoto, la humanidad siempre ha estado en crisis, con el deseo insatisfecho de alcanzar algo de sosiego. Cada tiempo trae sus singularidades, con el cúmulo de problemas que vienen de atrás, más los aportados en los instantes. Sinembargo, nada bueno resulta insistir sólo en las dificultades, y resaltar lo adverso, con frustraciones a bordo.

En nuestra "Cátedra Aleph", de la Universidad Nacional, nos hemos ocupado este semestre académico del fanatismo, con soporte en obras de Amos Oz: "Contra el fanatismo" y de Ryszard Kapuscinski: "Encuentro con el Otro" (Ed. Anagrama, Barcelona 2007). En artículo anterior repasamos la primera y en éste procedemos con la segunda. Los estudiantes se interesan en las sesiones, asimilan lecturas asignadas previamente y debaten, en clima de saludable respeto. De entrada Kapuscinski establece que las guerras son derrotas, al no hacerse uso de otras maneras para resolver conflictos, o para alcanzar comprensión en el encuentro con el Otro, con el diferente, por distante que esté.

La etapa actual de la sociedad se reconoce como de globalización, con la idea que el mundo se ha vuelto un pañuelo. Todo lugar y toda situación están casi instantáneamente al alcance de la mano, en virtud del veloz desarrollo técnico-científico, gracias al internet. Y la competencia hace rápida carrera, con conocimiento vertiginoso entre mercaderes y los potenciales consumidores. Las empresas multinacionales se hacen más fuertes y dinámicas, incluso con actuaciones que intimidan y sujetan a países, con aparición de formas, en todos los órdenes, que tienden a la uniformidad. Esa tendencia a la globalización encuentra resistencia en actitudes locales que quieren conservar la individualidad, el carácter singular de su cultura, haciendo más notoria la identidad propia.

Resulta inevitable advertir la responsabilidad que tenemos en el camino propio, que conduce, también de manera obligante, al encuentro con Otros. En la cadena de encuentros aparecieron pueblos con ambiciones de solo conquista (persas, árabes, mongoles...), y otros que además se ocuparon del conocimiento del Otro, es el caso de los europeos desde los griegos. Surge la idea que para mejor conocerse a sí mismo es indispensable verse en el Otro: los Otros son el espejo en que nos reflejamos.

En la Edad Media se impone la esclavitud del Otro, con saqueos y todo tipo de horrores. Durante trescientos años el genocidio fue ley. De este modo se inaugura la edad moderna, con secuela de réplicas por doquier. Por fortuna llegaron los tiempos del Renacimiento, la Ilustración, el Humanismo, el Siglo de las Luces, con reconocimiento de los Otros como seres humanos, así no hayan sido cristianos o blancos. Aquellas épocas deslumbran en talentos: Leonardo da Vinci, Galileo, Copérnico... Goethe, Herder, Swift, Defoe, Rousseau, Voltaire, Montesquieu... Aparece la curiosidad por conocer al Otro, de comprender sus tradiciones, creencias, conductas, estimándolo como ser único e irrepetible. Los enciclopedistas agitan la necesidad de una ciencia universal y Goethe marca por la universalización de las letras. También irrumpen las ideas de "gobierno universal" y de "ciudadano del mundo", y se introducen eufemismos como "buen salvaje" para suavizar el término, "misión civilizadora" para evitar decir "colonialismo" y "voluntad de socorrer a los desvalidos" como sustituto de la "conversión" de los infieles, los Otros, los distintos.

Los antropólogos, segmentados en tres escuelas (evolucionista, difusionista y funcionalista), se unen en el propósito de buscar las mejores maneras de comprender a los Otros, con acercamientos y descripciones. La multiplicidad de pueblos y culturas lleva a concebir sistemas híbridos que asumen lo mejor de cada escuela, enriquecidos por el conocimiento creciente. Se llega, incluso, a aceptar que las culturas de los Otros son tan valiosas como la europea, aunque diferentes. El sistema de trabajo lo resalta Malinowski con aplicaciones en el propio terreno, demostrando que los Otros no eran "hordas de haraganes, primitivos e impredecibles".

En el siglo XX aparece la "sociedad de masas" con irrupción de dos sistemas totalitarios: el comunismo y el nazi-fascismo. Sus características: poder centralizado, absoluto; anonimato e impotencia de los ciudadanos, y creciente disposición para la barbarie, con punto cuasi-culminante en el Holocausto y en los gulags.

Kapuscinski considera que hubo en este historial más reciente tres momentos sucesivos y revolucionarios: los estudios de campo de los antropólogos, la teoría de Emmanuel Lévinas (opuesta a la "sociedad de masas") y la multiculturalidad. Agregamos ahora la teoría de la complejidad de Edgar Morin. Lévinas insiste en la trascendencia del encuentro con el Otro, en preservar conversación con él y en asumir responsabilidades para salvaguardar su existencia con dignidad. Subraya la diferencia como conocimiento fundamental y actitud profundamente ética.

Por otra parte, Kapuscinski observa que nos encontramos en una compleja transición, donde todo cambia con rapidez, de una "sociedad de masas" a una "sociedad planetaria", con creciente desarrollo de los encuentros, y aparición de cuatro problemas: 1. El carácter contradictorio de la primera reacción ante el Otro, con muestras de desconfianza, inseguridad y miedo; 2. Dificultad para definir y asumir la identidad; 3. La pérdida de identidad conlleva miedo y frustración, lo que favorece al nacionalismo y al racismo, y 4. Propensión al narcisismo, a la arrogancia y al ansia de fuerza, en mayor grado cuando se es más poderoso.

Kapuscinski concluye con el llamado a no caer en el pesimismo, dada la fragilidad actual con predominio de la demagogia, el clientelismo, la desorientación, la corruptela, el fanatismo y la mala voluntad, a pesar de arrojar la historia un balance trágico, puesto que hacer uso de la memoria ayuda a enderezar caminos, a fortalecer la tendida de puentes y de manos, para la continua comunicación, en diálogo, entre pueblos, religiones, ideologías, como "deber ético" y como "obligación apremiante".


[Diario "La Patria", Manizales, Col., domingo 11.X.09 – www.lapatria.com]

 

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