Ediciones

ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
Mingobierno

Consejo Editorial

Luciano Mora-Osejo (א)
Valentina Marulanda (א)
Heriberto Santacruz-Ibarra
Lia Master
Marta-Cecilia Betancur G.
Carlos-Alberto Ospina H.
Andres-Felipe Sierra S.
Carlos-Enrique Ruiz.

Director
Carlos-Enrique Ruiz

Contacto
Tel-Fax: +57.6.8864085
Carrera 17 No 71-87
Manizales, Colombia,
Sudamérica.
cer @ revistaaleph.com.co

Los estudiantes y la vida pública


La condición de estudiante existe desde tiempos perdidos en la memoria. Sócrates la exaltó con su ejercicio y con el sacrificio en acatamiento a las normas, pero con defensa histórica y recia. El estudiante ha sido la mejor oportunidad de las sociedades para perdurar y renovarse. El porvenir mejor  estará en las facilidades que se tengan de comprender y conocer a partir de los niños y los jóvenes. En el estudiante se congregan los tres tiempos: el pasado, el presente y el futuro. En su sentir y ambición todo cabe, como exploración de riesgo, como seducción de aventura, como posibilidad de jugársela con romanticismo. El estudiante viene de lejos y no debe ser atajado por mares ni montañas. Con su entusiasmo aspira a superar cualquier obstáculo.

El estudiante es receptivo y rebelde. Sus causas se cruzan de la noche a la mañana, y en diálogo establece círculos, amistades con nexos de ilusión. Las calles son ocasión de proeza, para poner a prueba la fortaleza de su estirpe. Emprende los caminos, y sin problema se desvía o regresa, con alma enseñoreada. La sumisión no es patrimonio innato del estudiante, salvo cuando situaciones impositivas, absurdas, lo someten por la fuerza, pero aún así reacciona, resiste.

El estudiante universitario es su condición mayor, más ambicionada. Por las aulas y los campus, el universitario esparce su espíritu, compara observaciones, se forma criterios y empuja la vida sin reservas. La generosidad lo acompaña, lo que lo hace a la vez frágil frente a caudillismos no deseables. Pero siempre el estudiante está en el fondo de su alma con la transparencia que le facilita recomponer caminos, emprender otras jornadas, acentuar paso, o reposar en medio de la más agitada reflexión. La inteligencia la tiene a flor de piel, dispuesta a modelarla en las condiciones variopintas del medio y de la época. Está en sintonía con los avances tecnológicos y se asoma al mundo en cualquier instante para conocer la dimensión de la incertidumbre.

Entre nosotros, el Sócrates fue Germán Arciniegas, ese eterno joven estudiante que nació en el despunte del siglo XX y que entregó su existencia física casi al cerrar el mismo siglo, después de agitados 99 años en el trajín de pensar y actuar como estudiante, en convocatoria permanente hacia otros para que sumados se construyera el mundo de las maravillas por la Cultura y en servicio a la comunidad. Su vida fue de barahúnda sin tregua como estudiante de personalidad íntegra, propicio a los debates, al libre examen con mirada en perspectiva. A los 18 años ya estaba en sintonía con el movimiento estudiantil de Córdoba. A los 32 publica su primera gran memoria: "El estudiante de la mesa redonda", con recuento de su acontecer en la historia, bajo el principio inalienable de permanecer el estudiante identificado en sus ideas con la razón de su vida. A los 33 presenta ambicioso y pertinente proyecto de reforma universitaria, todavía de tomar en cuenta en sus orientaciones fundamentales, con la urgencia de "tener dentro de la República una organización universitaria que influya sobre el Estado mismo". Autor también de “Entre la libertad y el miedo” (1952), obra censurada en diez países, incluso en Colombia, donde se llegó hasta quemar sus libros. Y dejó obra escrita monumental, en diálogo con la historia y de gozo de estudiante que busca el conocimiento, con independencia, ajeno a los frágiles poderes establecidos.

Hoy los estudiantes universitarios avivan nuevas llamas, con reclamo de justicia para todos, por una universidad pública de alto nivel, comprometida con las realidades de nuestro tiempo, soportada por los recursos del Estado, policlasista, ajena a la onda del mercantilismo, absorbente y destructivo, que se ha apoderado de algún sistema interno de remuneración, insostenible y perverso. Y hay que oírlos con atención y respeto. Cuando las situaciones sobrepasan ciertos límites, los estudiantes van a las calles, conmueven las instituciones y a la sociedad, y hasta derrocan tiranías, como aconteció en Colombia en los años 50, y en otros países y otras épocas. No se ha olvidado el gran impacto del movimiento estudiantil del 68 que prendió motores en París y se regó como chispa por el mundo desarrollado, en eco de las lecciones de Jules Michelet, impartidas unas y censuradas otras, en el Collège de France a mediados del XIX, reunidas con el seductor nombre de "El Estudiante".

El estudiante es una fuerza de enorme potencial en inteligencia, con capacidad de romper ataduras y liberar espacios para ensanchar horizontes de vida compartida. Lo que no hay es que reprimir esa fuerza, sino canalizarla por las vías de la participación en términos de la no violencia y hacia la construcción colectiva. La comunicación con él debe orientarse a forjar entendimientos y maneras mejores para garantizar la formación, con perseverancia, de la niñez y la juventud, a tono con su capacidad de creación y rebeldía, sin que el Estado escatime esfuerzos, o eluda responsabilidades.

Tampoco hay que olvidar que estamos cerca de un milenio de haber sido establecida en Bolonia la institución universitaria, por los estudiantes en asocio con los docentes. Y ellos siguen siendo su inocultable razón de ser.

¡Sean los estudiantes reconocidos, apoyados y exaltados!         


["La Patria, 08.XI.09]

Copyright ©Powered by Ciudadeje.com