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ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
Mingobierno

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El libro: espíritu de magma y nube

No habrá momento no propicio para la lectura. Los libros nos asedian, de día y de noche, en las festividades y los caminos. El eslogan: "a mí que me regalen un libro", es afortunado. Si los mayores esfuerzos de un país, de las comunidades, se orientaran a formar lectores, desde el compromiso de la educación, las cosas irían menos peor. Los libros generan seducciones, como también rechazos sensibles, no violentos. Lo primero, por aquellas atracciones o sintonías que ciertos temas y autores nos despiertan, y lo segundo, por química repulsión.

En mi caso eludo los novelones de promoción mercantil, los testimonios de malandrines, los "best-sellers" de las casas editoriales con hambre de dinero, y los de aquellos autores en trance frenético de autopromoción. Es decir, me quedo con los autores clásicos, de todas las épocas y colores, y los que el tiempo prudencial ha hecho permanentes.

El listado va siendo interminable, puesto que cada día descubrimos nuevos autores, nuevos libros, que nos atrapan por reseñas inteligentes, por comentarios sensatos de viva voz, o en las vitrinas, o en las librerías de internet. O, como me ocurrió en fecha reciente, por llamada intempestiva de un amigo desde librería de viejo en Bogotá, contándome que allí estaban vendiendo, por unidades, la biblioteca de un gran poeta, poeta esencial, de cercanía entrañable…, la que no pudimos que quedara, a su muerte, de manera unitaria en una institución del Estado.

El libro, en el papel o virtual, continúa por el mismo sendero desde los orígenes cuando las letras aparecieron trazadas en la arcilla, en la arena, o en la roca; ahora en el ciberespacio. Un campo de labor, como sin noción del tiempo, ajeno a la desventura, sin que lo tenga fortunoso.

El libro se nos ha ido volviendo, con los años, otro ser fantasmal, que aparece de manera insospechada, y de pronto se desvanece. En nuestros estantes preservamos los que identificamos como compañeros fieles, pero pasado tiempo largo buscamos aquel que por alguna circunstancia recordamos, o requerimos consultar, y ¡vaya si damos con él! Más adelante, cuando hemos abandonado su busca, de pronto nos salta a la vista, como si hubiese cambiado de lugar, en travesura.

El libro es una pasión que somete el espíritu a un trance continuo de pensarlo y seguirlo, manosearlo, enunciarlo de múltiples maneras, hasta conseguir que nos converse, y nos polemice. Controvertir con un libro es asunto animado. Llegamos incluso en soledad a percibir que nos levanta la voz y que en nuestro mutismo hay un reto que despierta las ganas de reír y de soñar, entre los reclamos por un cautiverio inmerecido. Tampoco faltará el momento en que desafiemos al libro a un lance de palabras y gritos, con la posibilidad alta de quedar vencido el lector.

Los libros trajinan ideas, así se trate de aparente narración sencilla. Enseñan en la conversación que nos suscitan, por ejemplos en positivo, o por las mismas adversidades. O por sentencias que de pronto se le escapan a alguno de los interlocutores, y nos hacen pensar y repensar en lo dicho, para intentar concluir en algo de asimilar. También habrá de ese tipo de lecciones que pasan aparentemente desapercibidas, pero con el tiempo nos afloran para meditar en ellas. Y en la modalidad de las especulaciones a las que nos acostumbró Montaigne en sus imperecederos “Ensayos”.

Son más provechosos los libros, en tanto sean oportunidad para conversar con otras personas e intercambiar lecturas. Si se trata de diálogos en el aula, mucho mejor, porque se despertarán curiosidades en los niños y los jóvenes, que habrán de conducirles a sus propias búsquedas. Las bibliotecas escolares, en todos los niveles, deberían ser dinámicas, con regencia de personas lectoras, convencidas en las bondades de libro, para meditar y compartir. Una biblioteca como ente pasivo, sin agite cultural, será causa moribunda.

El libro es mi mejor aliado, no el perro ni el gato. Los libros me rodean de cariño y confianza, aunque en ocasiones me pierden el respeto, me incitan a trajinar entre ellos y a despertarme en el teclado con inspiraciones, o suspiros, que provienen de su propio espíritu.

No faltan los momentos en que uno quisiera haber estado con Sócrates, en debate a campo abierto, o como un lejano discípulo, silencioso, que sigue el hilo de sus razonamientos, entre extasiado y confundido. O en diálogo con Michel de Montaigne en su castillo, o en los merodeos por caminos y bosques. O con el mismo Quijote, en aventuras de absurda maravilla, con la mirada puesta en una mujer-horizonte, inalcanzable, como símbolo de sabiduría, o de ideal que no logramos delinear con las palabras y los anhelos, o desfaciendo entuertos, en intento fallido de hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza.

Tampoco me faltaron las ganas de haber visitado a Marguerite Yourcenar, en la pequeña isla de Mount Desert, mujer que a los diez años de edad sabía griego y latín, para escucharla impávido en sus recuerdos de Adriano o de Zenón. Y para que me pusiera su firma en todos sus libros de asombro. En las postrimerías del año que pasó, me acompañó su volumen “Con los ojos abiertos” (Plataforma Editorial, Barcelona 2008), un diálogo fascinante, sin jactancias.

El libro es la pasión de revivir el mundo, si concebimos la educación como el elemento clave para construir humanidad, como especie de "política de civilización" que diría Edgar Morin.



[“La Patria”, 17.I.2010]

 

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