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En los arrebatos que padece Colombia, Antanas es la salida


Las pasiones humanas han sido madres de catástrofes, frente a lo limitado de la razón. La pasión y la razón se contraponen, como el agua y el aceite. La humanidad sigue tímida en despertar la potencialidad en el uso de argumentos, en la conversación y debates, para afrontar los conflictos sociales, los enfrentamientos de poderes, gobiernos, países, comunidades..., sin ser ajenos al mundo de los afectos. O cuando la utiliza, cerebros adiestrados construyen todo tipo de estratagemas para dar golpes certeros a quienes identifican como "enemigos". La enemistad no siempre es producto de las distancias ideológicas o de credos, también es resultado de prevenciones, de prejuicios, de malformaciones en la educación. Y los medios de comunicación hacen carrera alimentando con desfachatez de infamia las confrontaciones. El poder económico, ligado al poder político, tiene a los medios como tentáculos para el macabro negocio. Y esto no es cuestión de comunismo vs. capitalismo, o de izquierda vs. derecha. Es asunto de Justicia.

Antanas Mockus S.  Fuente: "El Espectador", Bogotá, 08.III.2010


En el estadio actual de "civilización" no hemos podido fortalecer la razón en los procesos educativos. Desde la cuna las pasiones van modelando el instinto de agresividad, con la discriminación por credos, colores, opiniones, estatus sociales. Y la educación no disfruta todavía de una comprensión cabal en el papel de los maestros, como para tener comprometidas escuelas formadoras de estos, con sentido de acertados relevos y de perfeccionamiento continuo de los vigentes. Por el sectarismo se borró lo que representó para Colombia, por ejemplo, la Escuela Normal Superior.

“Colombia es pasión”, ciertamente. Y pasión de la mala, con acentos redoblados en todos los niveles sociales. La violencia es pasión desencadenada con el deseo vehemente de exterminar al otro, al distinto, al que no se acoge a los patrones del establecimiento. Y la guerra tiene múltiples actores enfrentados, bajo la única pretensión de que ella misma sea un negocio lucrativo, sin importar para nada las víctimas. La guerra es el peor mal de la humanidad, la desgracia mayor.

Hay que apelar a la razón como estrategia educativa para formar, en el largo plazo, a nuevas generaciones con capacidad de establecer diálogo, aun en las diferencias más cruciales. El diálogo involucra mínimo a dos partes, y si la educación lo propicia, será para afrontar las diferencias, también para fortalecer la placidez de los encuentros. El sistema educativo nuestro sigue siendo portador de tensiones por su carácter impositivo, poco deliberante, con resultados a la vista. Una verdadera "revolución educativa" tendrá que asumir la responsabilidad en la formación del nuevo ciudadano, para la paz, con creatividad, laboriosidad y compromisos indeclinables al asumir los deberes. La Universidad sería, con urgencia, soporte sustantivo en la orientación hacia una sociedad de mejores características, amparada en la justicia, en la libertad, en el fomento de las fortalezas de cada persona, con atemperado espíritu para el ejercicio del libre examen.

La sociedad nuestra debe repensarse desde la educación, con todas las formas de la cultura involucradas. Un proyecto ambicioso de país, de nación, tiene que disponer de la persona como centro, como objetivo, como fin. Un país se modela con la gente y para la gente, y no en las formas del paternalismo intencionado, más bien elevando los niveles de educación, de libre acceso para todos, con profundo respeto por la naturaleza. Una sociedad educada es menos manipulable, y podrá desechar la corrupción como algo ajeno al recto proceder que debe obligar al ciudadano.

Para esos efectos será necesaria una gran concertación nacional, con todas las "fuerzas vivas" involucradas, en cabeza de mentes pensantes, de alta formación, con trayectoria de pulcritud y espíritu sosegado (R. Llinás, J.F. Isaza, Nicanor Restrepo, A. Mockus,…). Proceder contrario al llamado "estado de opinión", que es resultado de la construcción de imagen por procederes mediáticos, con mediciones en encuestas, donde están involucrados los más grandes negocios, de afirmación de dominios personales y de grupos. La consecuencia es visible: la brecha se continúa abriendo, con incremento de la concentración de riqueza y expansión de pobreza y corrupción. De por medio está la sensación de desamparo, la intimidación y la entrega ciega a poderes absolutistas, por simple derrota en las posibilidades, o por la veleidad de las apariencias grandilocuentes.

La Constitución debe ser regla de oro para gobernantes y ciudadanos, y no motivo de continuo desbarate. Mucho menos válido será negarla imponiendo por encima de ella el "estado de opinión", sobreponiendo este al “estado de derecho”. La Constitución Política de Colombia (1991) fue un magno ejercicio de construir consenso, con grandes avances y por supuesto las limitaciones propias de la complejidad en la multiplicidad de fuerzas involucradas. De ahí su valor. Y no es el producto perfecto de algún nuevo genio, con pureza de redacción y sacrosantas creencias. Es un resultado laico, para una sociedad plural, multicultural.

Pero en los tiempos que corren los gritos abundan, las farsas se multiplican y los arrebatos multicolores obnubilan conciencias y destiñen el papel de la razón en la necesidad del libre examen. Y con este panorama, un Antanas Mockus es el referente de singular inteligencia, alta formación, transparencia absoluta, ejercicio pedagógico continuo en la comunidad, con resultados inocultables, en alianza oportuna con otros dos destacados ex-alcaldes, sin desconocer que el país nacional sigue siendo seducido, tristemente, por el clientelismo y la corrupción, con luz lejana al otro lado del túnel.



[“La Patria”, 14.II.2010]

 

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