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La formación de maestros es tarea apremiante

En una concepción estratégica de planes estatales de desarrollo debería considerarse la Educación como eje, como el núcleo a partir del cual otros sectores se articulen. Sin una educación de cobertura total y de calidad, poco será posible de alcanzar en una sociedad tan inequitativa como la nuestra. Los indicadores internacionales más recientes muestran lo distante que estamos de países que, con la educación como base, han dado salto adelante, es decir, han ganado posición en el mundo por contribuciones en ciencia, tecnología y desarrollo integral, pero, lo que es más importante, por la satisfacción plena de las necesidades básicas, en lo material y en lo espiritual/intelectual.

De 65 países evaluados en las pruebas PISA (2009), realizadas con jóvenes de 15 años, Colombia ocupó los puestos 52, 58 y 54 en las áreas respectivas de comprensión de lectura, matemáticas y ciencias, algo por encima de países coleros, ausentes de sistema educativo. Muy grave la situación. Gravísima. La apreciación ha sido que nuestros jóvenes son “analfabetos funcionales”, de acuerdo con el modelo de educación en el que no han podido crecer como se debe y merecen. Los países más aventajados (China, Corea, Finlandia, Singapur, Canadá, Nueva Zelanda, Japón…) han conseguido su posición porque sostuvieron por décadas políticas de Estado con la Educación como cimiento insustituible para ir adelante, con metas trazadas en función del tiempo, fortaleciendo aquellas áreas privilegiadas del conocimiento desde los primeros niveles en la escala educativa. El reto está en formar maestros calificados, asumir estrategias sensatas de desarrollo integral en la educación, para alcanzar “destrezas cognitivas” en los jóvenes, de validez internacional.

Y el soporte sin el cual nada es posible está en la formación de maestros. Significativos avances se han obtenido con los ocho años de la ministra anterior, quien tuvo muy en cuenta la reorganización administrativa del sector, al intentar desprenderlo de los intereses lugareños de los políticos, con mira puesta en el mejoramiento del plantel docente, al incorporar nuevos por concursos nacionales que permitieran captar de profesiones diferentes a las tradicionales, y todavía no suficientemente cuestionadas, licenciaturas en educación. Medida saludable que apunta también a atraer al sector a los mejores graduados, pero todo aquello es una plataforma para sostener un despegue acelerado hacia la más  ambiciosa cobertura con calidad.

El problema más grave de Colombia ha estado en el abandono que por años se tuvo de políticas sólidas, con reformas fundamentales, como las trazadas y en alto grado ejercidas en el período histórico 1930-1946, con la “Escuela Normal Superior” (ENS), creada por el entonces Presidente Alfonso López-Pumarejo en 1936 (con vida hasta 1951), a semejanza de su homóloga en Francia, con el carácter pluralista en lo ideológico, laica, modernizadora y democratizadora, como artífice de alta formación de maestros, con profesorado de rango internacional (Paul Rivet, Fritz Karsen, Pedro Urbano González de la Calle, José Francisco Socarrás, Ernesto Guhl, Pablo Vila, Justus Wolfram Schottelius, Enrique Pérez-Arbeláez, Félix Restrepo-Mejía, Rudolph Hommes [padre], Gregorio Hernández de Alba, Gerhard Masur, José-María Ots Capdequí, Mercedes Rodrigo-Bellido, Eduardo Nieto-Arteta, Antonio García…, para un total de 55 eminentes profesores extranjeros y nacionales), de donde egresaron figuras prestantes, intelectuales de verdad (Virginia Gutiérrez, Roberto Pineda-Giraldo, Graciliano Arcila, Blanca Ochoa, Milcíades Chaves, Alicia Dussan, Edith Jiménez, Luis Duque-Gómez, Maria-Rosa Mallol, Luis Flores,… Jaime Jaramillo-Uribe alcanzó a ser profesor de ella, una vez egresado de la misma), que lo fueron en los diversos campos del conocimiento, cuyos desempeños tuvieron efectos de modernización beneficiosa en la sociedad colombiana , en consonancia con el espíritu de la Universidad Nacional de Colombia.

José Prat, eminente humanista de los republicanos españoles, con 35 años de exilio en Bogotá, fue nombrado profesor en la ENS en 1946, ya en el gobierno conservador de Mariano Ospina-Pérez, siendo rector Guillermo Nanetti (antes lo fue Francisco Socarrás, en la “República Liberal”) para que condujera unos seminarios sobre literatura española, con enfoque de investigación, y se aplicó en especial al Siglo de Oro y a la Generación del 98, con el criterio de “aprender enseñando”, como lo recuerda en sus Memorias (2º volumen, Albacete 1995), al considerar que el método de seminario no había estado en su formación académica, pero se dispuso a ponerlo en buena marcha, con meticulosa preparación para las sesiones que incluía índice de temas, bibliografía, coloquios, distribución de temas entre los alumnos y demás pormenores. Allí mismo el maestro Prat anota la animadversión de los conservadores por la ENS, incluso de la Iglesia, habiéndose llegado a suspender la enseñanza mixta en ella, transformándola en dos universidades pedagógicas: una en Tunja, para los varones, y la de mujeres en Bogotá. Prat fue también profesor de la Universidad Nacional de Colombia, en el programa de Filosofía, donde tuvo alumnos tan aventajados como Rubén Sierra-Mejía.

La bio-bibliografía de aquellos profesores y egresados es en verdad asombrosa. Merecedora de asumirse de nuevo esa notable experiencia como referente para emprendimientos obligantes, que no deberemos eludir, desde las Normales, las universidades y con asistencia internacional de países exitosos en Educación.

Pero como no tenemos capacidad de perseverar en políticas que hayan dado buenos resultados, gobiernos que sucedieron a ese período la desmontaron por considerarla “subversiva” y estimar que no era conveniente tener instituciones educativas “mixtas” (hombres y mujeres), todo un horror opuesto al sentido de mejoramiento de la sociedad. Era “subversiva”, por supuesto, del atraso, de la ignorancia,  de la inequidad, de la falta en la estima social del maestro, y por la inclusión de la mujer a las aulas, en procesos de alta formación para la investigación y la docencia. De la ENS surgieron valiosas instituciones de investigación como el Instituto de Psicología Experimental, el Instituto Etnológico Nacional (dirigido por Paul Rivet, fundador del Museo del Hombre en París), el Instituto de Altos Estudios Sociales, el Instituto Caro y Cuervo, y el Instituto Indigenista Colombiano. La ENS generó ambiente académico para la investigación científica y propició clima intelectual para el libre examen, con el antecedente de la Expedición Botánica, la Comisión Corográfica y las reformas de Santander, Ospina Rodríguez y los Radicales.

Tantos años perdidos hacen más penoso el reemprender construcción de escenarios favorables a la urgida extensión de la educación con calidad, tan ambicionada. La Ley 30 de 1992 definió para las universidades responsabilidad en la formación precedente, con el objeto de impactar toda la educación. Pero aquellas no se dieron cuenta, a tiempo, de su papel en ese compromiso. Y el despegue hacia procesos que fueron irresponsablemente abandonados por gobiernos se ha hecho más penoso. Las universidades se han anclado en su propia vanidad, desatendiendo urgencias manifiestas, básicas, de la sociedad. Es incomprensible que a estas alturas gran parte de los establecimientos de educación dispongan de una capacidad instalada, en alto porcentaje sin utilizar, o subutilizada. El intento sólido, más reciente de reemprender el camino, estuvo en las valiosas recomendaciones, con visión a 25 años, de la “Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo”, o de los “Diez sabios”, concebida y orientada por el científico Rodolfo Llinás en el gobierno de César Gaviria, desaprovechadas.

Los valores sustantivos en la formación de maestros, que fueron baluarte de la ENS, fueron recordados por eximia egresada, la profesora con todos los honores de la Universidad Nacional de Colombia, maestra Virginia Gutiérrez de Pineda, pionera de los estudios de familia, en entrevista concedida en 1987, al preguntársele por el “vacío” existente en los profesores del momento, con las siguientes palabras: “Porque no los formaron, y si quiere lo digo en primera persona del plural: porque no estudiamos, porque no nos actualizamos, porque no investigamos… Cuando sabes una cosa y la trajinas y la muerdes y la comentas, la lanzas y la recoges, ahí no eres vulnerable, o cada vez eres más modesto, porque al ahondar cada vez sabes menos queriendo saber más. Pero puedes dar algo cuando enseñas. Hay una mística que te empuja, un sentido de responsabilidad que tanto te martillaron Socarrás y Esther Aranda [profesores de la ENS]. Ellos nos inculcaron estos sentimientos y que la gratificación está en la entrega al discípulo y al país.” (“Boletín cultural y bibliográfico”  No. 10, Vol. XXIV, Bogotá 1987).

Estos fueron los valores ejercidos a plenitud por aquella generación civilizadora en la ENS: estudio, investigación, apersonamiento de los temas, modestia, mística, responsabilidad, entrega al servicio del estudiante y del país… Valores por recuperar, quizá en condiciones mucho más arduas, por el pragma-mercantilismo reinante.

La educación no es un remedio, ni un barniz, es una solución rotunda para enfrentar con racional sensibilidad los problemas, pero a condición de disponer de un plantel suficiente de maestros, debidamente formados y comprometidos, con reconocimiento social e ingresos justos. Ese fue el enfoque constructivo de la ENS, demolida por la ortodoxia de gobiernos de extrema derecha,  y, hay que decirlo, de la misma Iglesia coaligada, en el escenario del período reconocido como de la “Violencia”, desatado con crueldad en 1948.

Nada descabellada la propuesta de Armando Montenegro, ex director de Planeación Nacional, en columna de prensa: “Una misión educativa (del calibre que convocaron otros presidentes en el pasado), conformada por grandes expertos del mundo y por especialistas del país, debería preparar unas recomendaciones para que Colombia dé un gran salto en esta materia.” (“El Espectador”, 12.XII.2010). Misión que tendría como insumos cercanos los trabajos recientes del Ministerio de Educación Nacional y las recomendaciones de la “Misión de los diez sabios”.

William Ospina en ensayo reciente ha pensado de nuevo la Educación, con lúcido examen de lo que ha venido ocurriendo en una época signada por los intereses económicos, formulándose interrogantes válidos e intentando pensar el futuro con hipótesis de singular  y estremecedor interés, con la que terminó, en las siguientes palabras: “A lo mejor los grandes paradigmas al cabo de cincuenta años no serán, como para nosotros, el consumo, la opulencia, la novedad, la moda, el derroche, sino la creación, el afecto, la conservación, las tradiciones, la austeridad. Y a lo mejor ello no corresponderá ni siquiera a un modelo filosófico o ético sino a unas limitaciones materiales. A lo mejor lo que volverá vegetarianos a los seres humanos no serán la religión o la filosofía, sino la física escasez de proteína animal. A lo mejor lo que los volverá austeros no será la moral sino la estrechez. A lo mejor lo que los volverá prudentes en su relación con la tecnología no será la previsión sino la evidencia de que también hay en ella un poder destructor. A lo mejor lo que hará que aprendan a mirar con reverencia los tesoros naturales no será la reflexión sino el miedo, la inminencia del desastre, o lo que es aún más grave, el recuerdo del desastre.” (Ponencia en el “Congreso Iberoamericano de Educación - Metas 2021”, Buenos Aires, Sept. 2010)

Hipótesis que no deja de tener sentido, y que puede asumirse con el despliegue de la Educación en cabeza de políticas de Estado y soportada por multitud de maestros entrenados en la comprensión de fenómenos que asedian a la Humanidad, con capacidad de poner en práctica mecanismos multiplicadores de redención con las nuevas generaciones. Y con desarrollo diario de valores como los mencionados por Ospina: frugalidad, prudencia, austeridad, respeto y acatamiento de la naturaleza…

Nunca será tarde para comenzar de nuevo. La Educación debe primar como el más estratégico renglón en el ambiente social y en la formulación de planes de desarrollo (humano, social, ambiental) en las instancias nacional, regional y local. Con el maestro como artífice en la estructuración de nuevas generaciones con fuerte capacidad comprensiva de lecturas, en expresión de signos múltiples provenientes de las tradiciones y del entorno natural,  con destrezas en matemáticas, ciencias, historia. Y en la condición de percibir con preocupación las amenazas que nos asedian, con actitudes preventivas en la reducción de los riesgos, y también de percibir con deleite la belleza en las obras de arte, en la naturaleza y en los ojos y en los rostros de los congéneres, es decir, personas con formación integral en ciencias, artes y humanística, ciudadanos en quienes prime la solidaridad y el respeto en las diferencias, con espíritu crítico.

Y no hay más tiempo para desperdiciar.

 

[En Aleph, 09.I.2011]

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