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ISSN 0120-0216
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Razón de ser de la esperanza

La esperanza es un cometido, un propósito, una ambición. Un empeño por alcanzar algo. Esperar es desear. Hay anhelo, o ansiedad, en la espera. Y puede conducir a la frustración por lo no alcanzado. Suele ser más un tema de enunciados estériles, o de buenas intenciones como intento de inculcar en los demás algo de optimismo. Y el optimismo es, por supuesto, una forma de la esperanza. Se es optimista cuando la sensación de la espera ocupa sitio alto.

Obligante es sembrar esperanza en la educación, sin perderle oportunidad a la pregunta, a la duda. No se entendería la educación como proceso formativo para la desesperanza, aun cuando la persona indague en la antinomia. Un docente experto podrá tener recorridos de vida y pensamiento que lo induzcan a adoptar cierto margen de pesimismo, de desesperanza, o de escepticismo. Pero nada útil transmitir a los niños y jóvenes talante de esa naturaleza. El maestro, el profesor, deberá tener el buen temple de comunicar dosis merecidas de esperanza, como intento de jugarle a oportunidades de futuro. Hay que encadenar esfuerzos por construir actitudes, espacios de vida, donde los retos puedan ser asumidos con perspectivas de logro, de poder alcanzar objetivos.

Consideraciones de esta naturaleza nos inducen a pensar en lo probable y lo improbable. La esperanza puede ser posible, aunque, en casos, improbable. Pero lo improbable tiene también su perspectiva de posible. Edgar Morin, pensador contemporáneo en la flor de los noventa años, ha tenido atrevimientos admirables al romper maneras consagradas como cotidianas en el pensar, para incursionar en terrenos de lo complejo. No hay caminos fáciles. Los senderos van en múltiples direcciones, a veces contrapuestos, con el riesgo de no llegar a parte alguna. Pero la fortaleza estará en la capacidad de hacer el intento, de sortear posibilidades, así lo más posible sea lo improbable. Nuestro García-Márquez percibió para el caso colombiano una cualidad maravillosa: en ciertas circunstancias críticas de nuestra historia el país ha llegado hasta el borde del abismo, y de pronto ocurre algo extraño, inesperado, que le permite recobrar el ánimo y las posibilidades, saliendo de nuevo a flote. Se trata del poder misterioso de lo incierto.

Edgar Morin considera tres principios de esperanza (en la desesperanza): el primero, la ocurrencia de lo improbable que en determinado momento resulta salvador, por fuera de cualquier previsión. El segundo, las potencialidades humanas, tan adormiladas y desaprovechadas, de las que pueden surgir la generación y la regeneración, formas de encontrar salidas, imaginativas o creadoras, con pasos nuevos o de reconducir. El tercero, la metamorfosis, con el ejemplo del nacimiento en fases de la mariposa y, en lo social-histórico  de procesos que de improviso encuentran convergencia de factores escalonados hacia un salto salvador o de reivindicación.

Principios que rompen concepciones anteriores, para incorporar elementos más vinculados con el azar, con la ocurrencia de lo no advertido, la probabilidad de lo improbable. Pero también por lo estimado en la necesidad de una voluntad dispuesta a jugar su papel, a correr los riesgos de los propios pasos. Es decir, con llamado a desplegar esfuerzos por el si-de-pronto. En cierto momento todo puede parecer perdido, y la inminencia de la derrota hundir en el pesimismo a individuos y colectividades, con el peligro de la inacción, pero aún así el llamado ha de ser a levantar la moral para dar la pelea, emprender o sostener la lucha, hacia la conquista de un objetivo altruista y bienhechor. Pelea o lucha en sentido simbólico, no de violencia. Despliegue de actividad en sus posibilidades mayores para conducir o reconducir caminos.

La utopía se conjuga con altruismo. Sentido de humanidad. Vocación de misticismo laico. La unidad dispar de lo complejo abre los ojos de quienes sienten disposición por recorrer la vida en busca de significado. La fortaleza de los días podrá estar en la derrota, y en ésta la oportunidad de reemprender jornadas nuevas.

La esperanza es también alucinación y enmienda. Quebranto de las conjeturas. Juego probabilístico, en el imperio de lo caótico. Nada que se le parezca a una realidad hecha o preestablecida. Esperar no es sinónimo de expectante inacción. Es, por el contrario, sintonía de vitalidad en voluntad y reto, si es que en la esperanza podría encontrarse rumbo de momento, para otros rumbos.

En Colombia (y en el mundo) la educación debería reconducirse, con sentido de generar y regenerar (en términos morinianos) maestros, docentes, apóstoles laicos esclarecidos por la vocación, sin espíritu propicio al mercantilismo reinante, incluso en los claustros de la extrañamente llamada “educación superior”. No todo vale, ni el fin justifica los medios, serían principios inajenables, punto de partida en nuevos procesos de formación. El sentido de humanidad es indispensable reelaborarlo en colectivo, con aportes deseados en las universidades y Normales, desde el pensamiento comprometido con criterios de la esperanza. Niños y jóvenes merecen la mayor atención, si es que aspiramos a que algún día el horizonte pueda sernos más nítido, en medio de la incertidumbre, de lo improbable y de la complejidad en lo existente o por existir.



[“La Patia”, domingo 17.IV.2011]

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