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De paso por Madrid


Europa tiene sus encantos de cautivar. Y la puerta de entrada ha de ser Madrid. En esta oportunidad con el esplendor de la primavera, y de la Feria del Libro, como siempre en el “Parque del Buen Retiro”, con la presencia de número abundante de casetas (sin faltar las mediáticas y de catequesis), de editoriales (las conocidas y las desconocidas), de autores de prestigio y de los otros, y de mucha gente con la avidez de “noveleriar” y conocer. Llama la atención la presencia de muchos niños curiosos, con tutores de familias o de escuelas, que no dejan de hacerse a los libros de sus encantos y van felices con sus bolsas en la mano, al cuidado de los propios. Un mundo atrayente que da a pensar en la perdurabilidad del libro físico, en papel, frente a lo inusitado de la propaganda por los lectores digitales, seductores.


No dejo de dar miradas a estantes y mostradores en busca del libro que me espera. Cómo no hacerme a “El ángel caído” de Harold Bloom, un texto breve en bella edición de Paidós, con el recuerdo de Quevedo: “Hay libros cortos que, para entenderlos como se merecen, se necesita una vida muy larga”, con peculiares ilustraciones de Mark Podwal. Examen de la tradición de los ángeles en las diversas culturas y religiones. Pero los ángeles caídos, o demonios, cobran mayor interés por su condición de disidentes. Y la conexión esperada con el Yago de Shakespeare y el Satanás de Milton en “El paraíso perdido”, hasta encontrar diferencias estéticas entre ellos, dejándose seducir Bloom más por el primero. No deja de testimoniar el autor, en esta singular obra, la pérdida que ha habido en las formas profundas de lectura, con olvido de cómo leer y de por qué, con inmersión incontenida en los medios visuales. Y nada de optimista al considerar que la forma de cultura que tenemos va camino del fin, con la proximidad del ángel del Ocaso, caído, pero la capacidad de hacer un esfuerzo último, en cuya oportunidad no será el peor.

Otro libro que me conquista es “Lisboa” de Fernando Pessoa, en la editorial Eneida. Un autor de mis pasiones, quien a los 8 años va a dar a Sudáfrica, con regreso a los 17 a su Lisboa del alma. Toda la vida se la pasa intentando rescatar la ciudad de su más tierna infancia, sin lograrlo. El libro es una guía de la ciudad, con meticulosa descripción de lugares físicos y la memoria de los creadores nacionales y de extranjeros que tuvieron a Lisboa como referente. En 1924 Pessoa escribió, quizá un año antes de esta guía, su canto “Lisboa Revisitada” en el que recuerda la niñez, con pavor o con sentido de pérdida. La guía fue publicada primero en portugués a los 35 años de la muerte del autor. Vida de padecimientos la de Pessoa, consumiéndose en lo físico, bullente de espíritu, con afloramiento continuo en sus heterónimos. Se nos fue de la vida a los 47 años, envejecido prematuramente.

Sin desprender la vista de estantes y mostradores, me salta de pronto “El arte y el espacio” (“Die Kunst und der Raum”), de Martin Heidegger, obra  bilingüe de apenas 45 páginas en editorial Herder, que incluye aclaraciones y notas. Ensayo originalmente publicado en 1969 en apenas 150 ejemplares, acompañado de disco con grabación del autor leyéndolo, del manuscrito autógrafo y de siete litografías del escultor Eduardo Chillida, vasco, conocido por el autor, a quien el ensayo está dedicado. En él Heidegger indaga por la naturaleza propia del espacio en el que el artista plástico realiza su obra y el del científico (Galileo o Newton), con una mirada hacia la posibilidad de dominio que tenga el uno o el otro. La indagación profundiza en intentar saber si es posible adjudicarle condición de “ser” al espacio, pero para responder el pensador sugiere la necesidad de experimentar lo peculiar del espacio, con la opción de manifestarse como indeterminado en la obra de arte. Pero llega a estimar que “espaciar es libre donación de lugares”, en el sentido de emplazamiento y congregación de cosas, con la ambición de ser preservadas. El ensayo concluye preguntándose por lo que sería el vacío del espacio, pero sin parangonarlo con la “nada”; es decir, el vacío como la disponibilidad que queda de ese espacio para algo al vaciar un recipiente.

La pesquisa de libros sigue. Irrumpieron: “Sobre la lectura” de Marcel Proust, en editorial Centellas, un texto precioso que anticipa su obra monumental “En busca del tiempo perdido”. En él recuerda lo dicho por Ruskin: “La lectura de todos los buenos libros es como una conversación con la gente más honesta de los siglos pasados que fueron sus autores.”

Otro libro de hallazgo: “El cuento” de Joseph Conrad, en la editorial Alpha Mini, que recoge en realidad dos cuentos, uno dentro del otro. Revive el talante del autor, sin faltarle el desapego a la fatal condición de la naturaleza humana, con su habitual meditación sobre el bien y el mal, en perseverante búsqueda de una verdad inasible. De Herman Melville me encuentro “Viajar”, también pequeño libro de editorial Gadir, con tres textos sobre el viaje. Luego vino “Baladas de la memoria” de Pedro Lastra, diminuta gran antología del eminente académico y poeta chileno, en edición conjunta de “La cruz del sur”  y “Pre-textos”…

Desde Viena, en Austria, junio 2011




[“La Patria”, 12.VI.2011]

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