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Nota sobre poesía contemporánea en Colombia


En el mundo hispánico, en especial en Latinoamérica, la poesía goza de buena salud, incluida Colombia. Lo dijo el poeta Juan-Manuel Roca: “Son diversos sus caminos, no es una coral cantando la misma tonada, pero sobre todo es una poesía renovadora que hace mucho dio la vuelta a la esquina de la ceguera histórica, que no es otra cosa que la ceguera impuesta.” Coexisten voces consagradas y nuevas que brotan, con calidad, en medio de los más variados conflictos, con aspiración al desarrollo humano, integral.


Es amplia en Colombia la nómina de poetas contemporáneos de significación. Basta con citar algunos nombres: Matilde Espinosa, Meira Delmar, Fernando Charry-Lara, Aurelio Arturo, Jorge Gaitán-Durán, Álvaro Mutis, Dora Castellanos, Maria-Mercedes Carranza, Nicolás Suescún, Giovanni Quessep, Mario Rivero, José-Manuel Arango, Carlos Vidales, Jaime Jaramillo-Escobar, Darío Ruiz-Gómez, Juan-Manuel Roca, Armando Romero, William Ospina, Eduardo García-Aguilar, Ricardo Cuéllar-Valencia, Maruja Vieira, Renata Durán, Pablo Montoya, Piedad Bonnet, Juan Gustavo Cobo-Borda…

Por razones de afinidades sensibles y estéticas, en especial doy señales de los siguientes poetas: Matilde Espinosa, Fernando Charry-Lara, Maruja Vieira, William Ospina, Armando Romero, José-Manuel Arango y Juan-Manuel Roca.

Matilde Espinosa (1917-2008) estuvo dedicada toda su vida a la poesía, al principio con expresión ligada a los conflictos sociales, pero siempre ahondando en la sensibilidad frente a los problemas trascendentales que asedian la vida: las contradicciones humanas, el amor, la solidaridad, la pasión, la muerte… Su obra es de significación y en un todo coherente. Fernando Charry-Lara (1920-2004), personalidad heredera de lo más selecto de la poesía española (Cernuda, Aleixandre, Machado, etc.), con obra breve y esencial, enmarcada en la vertiente lírica, de intimidad, nostálgica y apesadumbrada, en los vericuetos del amor. Además, ensayista literario, de fino estilo e intérprete acertado. Hizo parte de la generación, o grupo, de la “Revista Mito”, la expresión cultural más modernizadora en el siglo XX de nuestro país.

William Ospina (1954-…), personalidad de recia formación intelectual, poeta, novelista, ensayista, columnista de prensa; quizá el escritor más sobresaliente y completo, después de García-Márquez. Su poesía tiene en simultaneidad erudición, ritmo y tono. Armando Romero (1944-…) hizo parte de la generación del Nadaísmo, salvado en su peregrinaje por el mundo, con asiento calificado de profesor en la Universidad de Cincinnati, en los Estados Unidos, con obra poética singular, de inspiración de trascendencia, delicado tono en el amor, y novelista.

José-Manuel Arango (1937-2002), poeta y traductor de excelencia, singular en su poesía, de exactitud en la expresión. Juan-Manuel Roca (1946-…) es, quizá, el poeta vivo en Colombia, residente en el país, de mayor relieve por los reconocimientos nacionales e internacionales, a la par de William Ospina, también –como este- narrador y ensayista.

De ese conjunto he sido más estudioso de la vida y obra de Matilde Espinosa, Maruja Vieira y Fernando Charry-Lara, a las cuales me he referido con mayor espacio en otros lugares. Y en tiempos cercanos he trabajado, asimismo, la poesía de Arango, Ospina, Roca y Romero.
En nuestros países del sur, la Poesía no deja de ser un acto sublime de creación, testimonial y de protesta, sin confesionalismos. Poesía sintonizada con tradiciones vernáculas y universales. Gozosa en la intimidad de la “mundialización”. Apoteósica de sentimientos. Expresiva de sangre palpitante. Conjunción de proclama, intimismo y súplica. Reconfortante en la dinámica de palabras, entroncadas con lo simbólico de montañas humeantes, de briosos ríos, de extensiones sin sosiego.

La Poesía, en nuestros países, es también enigma y actitud de visionarios. Palabra en perpetua renovación. Ritmo de corazones y de cununos y de marimbas y de trompetas, y de orquestas de cámara o sinfónicas. Sentido de vitalidad que no declina, en medio de tragedias y desigualdades, de injusticias y falta de libertad, de carencia en lo básico para la existencia en las mayorías.

Poesía de refugio, de techo y exilio. De autoexilio. Conjunción de voces en lo multiétnico, en lo policlasista,… en lo variopinto de las vidas, sujetas al azar de los destinos. Y Giovanni Quesep nos aleccionó: “El poeta nada tiene, y entre asombros y vuelos y peligros interiores escribe su carta imaginaria y halla lo diverso y lo único, y se halla a sí mismo en la brasa que ilumina la noche oscura de la poesía.”
La nómina de nuestros grandes poetas en Latinoamérica, en el siglo XX, es estelar. Marcan época nombres como Pablo Neruda, Juana de Ibarbourou, Vicente Huidobro, Rosario Castellanos, César Vallejo, Gabriela Mistral, Rubén Darío, Octavio Paz, Blanca Varela, Fernando Charry-Lara, Gonzalo Rojas, Álvaro Mutis, Graciela Maturo, Jorge-Luis Borges, Ernesto Cardenal, Alfonsina Storni, Julio Cortázar, Fina García-Marruz, León de Greiff, Efraín Huerta, Gonzalo Rojas, Eugenio Montejo, Nancy Morejón, Rafael Cadenas, …

Así es nuestra América, mestiza y tinturada de valores universales, diferenciadores, con matices, en los tejemanejes del ávido y voraz mercadeo. América de crisol, con fusión de todas las sangres, ideologías y estéticas. Una esperanza para el mundo, con la Poesía en la expresión progresiva, de avanzada iluminadora, con una metafísica trascendente y simbólica asida en su esencia.

Recojo otro detalle, al concluir, en la poética de Carlos Vidales: “Los poetas, como Heráclito, son profetas. Pero no toda poesía es profética. Hay poesía en el llanto, en el lamento, en la añoranza, en la descripción empática de hechos y fenómenos, en la alabanza, en los clamores contra la injusticia y en algunas diatribas, las que son dictadas por la ironía y no por el odio o la envidia. La poesía es ajena a los sentimientos mezquinos y miserables.”



[“La Patria”, 11.IX.2011;  p. 2-c]
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