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Dos poetas en tiempo de luz (José-Manuel Arango y Armando Romero)


La poesía es un juego de luces en la oscuridad. O un destello sombrío. O el camino de escombros azulados. O el regreso en reposo al silencio… Poetas los hay, por doquier. Y los más grandes suelen ser avistados desde la lejanía, auncuando los tengamos cerca. Homero, Shakespeare,  Dante… están ahí, incólumes. Pasado el tiempo, otras montañas se delinean. En Colombia tenemos los que nos pertenecen. Y entre estos, los dos siguientes:

José-Manuel Arango (1937-2002). Poeta singular, profesor de Filosofía, quien pensó que la poesía era una manera comprensiva de tener cercanía con las cosas y las personas. Su obra carece de cualquier altisonancia, es recatada en el tono, de acentos rítmicos y precisión en las palabras, correspondiente a una personalidad sencilla y sosegada. Publicó en vida, sin afanes, cuatro libros de poemas. De manera póstuma se editó la “Poesía completa” incorporando poemas dispersos e inéditos. Traductor de Walt Whitman, Emily Dickinson, William Carlos Williams, Thomas Merton, Georg Trakl,…

En su obra persisten lo cotidiano, la naturaleza, el amor, la muerte. Síntesis asombrosas consigue, como en poema de tan solo tres versos, a la manera de los clásicos japoneses: “La furia con que hierven las plazas,/ He tocado el buche de la paloma/ cuando suelta el arrullo.” O en aquel otro donde celebra la existencia de un bello pájaro al observarlo oscilante en una rama: “¿Qué tanto pesa el cuerpo diminuto/ del azulejo?/ Pero la rama del ciruelo queda meneándose/ si/ hace pie en ella para el vuelo.”  Incluso apela a la ironía en ocasiones y testimonia el acontecer oscuro y ardoroso en las ciudades, en noches de clamores en pareja por lugares baldíos.

Saborea en sobrias palabras el gozo de la naturaleza, con la alegría que despierta la flor del carbonero. Y no deja de seducirse por el contraste de amenaza de una mujer desnuda, con la apariencia de verse así más alta y esbelta, suponiéndola en agudo contraste como la intimidación de un resplandor de cuchillo. Es la noción del amor como asedio, como deseos jugándole al riesgo de la tragedia, la amenaza de un gozo por alcanzar, sin conseguirse la culminación del anhelo. Con el mismo signo del amor iluminado en la frontera entre la posibilidad y lo imposible, en el panorama yerto de un mundo sin clemencia, dice: “píntate los senos/ de achiote y de negro/  nos amaremos/ en el mediodía amarillo/ como en un desierto/  en la raya del alba como en la frontera de dos reinos”.

Es un poeta de la intimidad, lo cotidiano y la naturaleza, con visión panteísta que invoca en la sabiduría de Tales: “Todo está lleno de dioses”. Suele acudir a una descripción breve para concluir con sorpresivo contraste de sentimiento o de apreciación, sin perderle ritmo a las palabras, sin exaltación alguna, en medio del silencio que convocan.

Armando Romero (n. 1944). Poeta, narrador, viajero, de la generación nadaísta de los años sesenta en Colombia. Profesor en la Universidad de Cincinnati. Ha publicado tres libros de crítica literaria, doce de poesía, cuatro de cuentos y cuatro novelas. Gran conocedor de la Grecia contemporánea, nutrido de estudio y lecturas, desde las culturas clásicas a las más actuales.

Hay en su poesía sueños y pesadillas, con los recuerdos de las edades tempranas en tierras cálidas, sin faltar días de ser atrapado besando unas manos, o con deleite por libro de impudicias. Sombras cruzan sus palabras, con vestigios del ayer. Montes y monjes se confunden en versos, aquellos de enlodada cabellera y estos en oración a la manera de relojes de péndulo. Los minerales irrumpen con persistencia en su obra, como símbolo de lo duro en la vida, pero a la vez como testimonio de sobrevivencia en la lucha por estar en el mundo. Y los espejos enfrentados dan la sensación de un diálogo infinito. El tiempo en su tránsito por los seres y las cosas va dejando en evidencia rescoldos, con cuerpos diseminados para el recuerdo.

Hay riqueza de figuras en la poesía de Romero. Al recordar una antigua ciudad en ruinas, encuentra que también la eternidad tiene color de ceniza. El ambiente de monasterios le suscita meditación profunda, por el silencio y la quietud que evoca, pero a la vez con un despertar de peregrinaje en las noches, entre la sed y el hambre de conquistas terrenales, o de espacios en espíritus sobrecogidos por el anhelo. La felicidad sorprende al poeta, en la inquietud de encontrarla en lugar distinto a las rutinas de los simples enunciados. Felicidad que quizá le es ajena al monje, quien la buscará de otra manera al musitar oraciones, pero con la irrupción de tristeza en los taciturnos hacedores de tareas pedestres. Y el contraste no se deja esperar en sus versos: “una felicidad como agujas de lluvia”, y “la tristeza como trapos al sol.”

Huir es otra idea que sobrecoge al poeta viajero, en el sentido de construir o conquistar recuerdos. Con humor alude a Quevedo, quien cree que Dios viene a veces al mundo para burlarse de los humanos. El poeta Romero no deja de testimoniar su tránsito por lugares, con asombros en lo que va desnudando con el correr de los días, en medio de una noche capitalina cuando el simple hecho de esperar adelgaza al tiempo.

Estas dos personalidades abren la puerta a la verdad de la poesía, en consuelo exultante ante los padecimientos de los seres en el mundo.


[“La Patria”, domingo 09.X.2011]
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