Ediciones

ISSN 0120-0216
Resolución No. 00781
Mingobierno

Consejo Editorial

Luciano Mora-Osejo (א)
Valentina Marulanda (א)
Heriberto Santacruz-Ibarra
Lia Master
Marta-Cecilia Betancur G.
Carlos-Alberto Ospina H.
Andres-Felipe Sierra S.
Carlos-Enrique Ruiz.

Director
Carlos-Enrique Ruiz

Contacto
Tel-Fax: +57.6.8864085
Carrera 17 No 71-87
Manizales, Colombia,
Sudamérica.
cer @ revistaaleph.com.co

Quizá el otro, el mismo

Hace 27 años Fabio Rincón se refirió a mí, en artículo de este diario, como “Carlos Aleph”, y ahora la Universidad Nacional de Colombia asignó el nombre de “Carlos-Enrique Ruiz” a la biblioteca del Campus-la-Nubia. Abiertamente se trata de uno en dos. El primero se identifica con una realización en continuidad por cuarenta y dos años: la Revista Aleph, y en las tareas que le son propias y conexas: obstinado lector, por ejemplo; “bibliofilómano”, relator de encuentros, explorador de creación en letras, hacedor de clases y de diálogos, en medio de la algazara del estudiante de la mesa redonda. Cultivador de la imaginería de caminos. Y el otro, Carlos-Enrique Ruiz, de pronto ha pasado a identificarse como el académico formal, con modestas realizaciones en los campos de la Geotecnia, la Mecánica del Suelo, también constructor de vías y de escuelas, con ocupaciones gratas en la dirección universitaria, en ajetreos de bibliotecario nacional y de colaborador en la gestión educativa del país.

 

 

Sin la menor duda somos dos. Queda uno en biblioteca vuelto memoria, como un heterónimo de identidad propia. Y el otro seguirá el camino de los acontecimientos y los destinos. Camino de la palabra que busca expresión de aire, de nube,... de crepúsculo,... de silencio. La realidad sobrepasa las palabras y convierte en elíptica sabiduría los diálogos, como un regreso al “En Sof”, o al Dios de la Cábala, o al “ayin”, la nada. Lo que vale es la búsqueda continua de lo esencial, de la armonía, en pluralidad.

Los dos han tenido trato e ido juntos en la misma configuración, con espíritus en emulación constante. Imbuidos en la razón de la existencia, con identidad de movimientos y de ambiciones. Compartiendo pasos y miradas. Ilusiones llevaderas en común. Respiro a igual ritmo. Orientación compartida en la rosa-de-los-vientos. Genealogía misma.

La vida corre a la misma velocidad del tiempo. El tiempo es la matriz donde todo ocurre. Su fuerza es arrolladora, y va creando y sepultando sin la menor consideración. Es presentimiento, anticipo de historias y cumplimiento de destinos como obligante trayectoria del azar, que no alcanzamos a conocer, pero que percibimos por los efectos al estar inmersos, sin salida, en el tiempo. Desde este punto de vista los dos hemos estado ligados, como una fatalidad.

Con esta ruptura el uno será el que camine y el otro su sombra desprendida del móvil que la crea, acompañante en la memoria como recuerdo de lo que fue e invocación de futuro en soledad. Soledad que comienza a presentirse en el vagar por el mundo, en el trajín de vocaciones nunca culminables. El sentido estará a favor del otro lado del espejo, del rostro indiferente, o que al buscarlo nos arremete con mirada de incitación, con provocación para mantenernos en el río de la vida, como prolongación del que ha quedado ahí, en la atmósfera simbólica del mayor de los templos creados por la humanidad: la biblioteca, “lugar para el cultivo del alma”, como se identificó la de Alejandría en los tiempos de los Ptolomeos, con expresión griega grabada encima de los nichos o estantes: “psychês iatreîon”.

La biblioteca es el encuentro eterno de culturas, de conocimientos, de las más dispares vertientes en pensamiento y en testimonios de acción. El único lugar del mundo y de la historia donde esa multiplicidad coexiste sin beligerancia. Lugar de paz, de convergencia de todo en un sitio. Es el “aleph” que aprendimos a identificar en el relato de Borges como aquella minúscula esfera donde cabe el Universo, visible en sus detalles. La biblioteca es la mejor y más cercana representación de fascinante metáfora, de sencilla expresión por ser aquella palabra apenas una letra. Esta idea de biblioteca seguirá siendo el punto de confluencia entre los dos.

Entonces aquel momento, sin haberlo presentido, fue la puesta en realidad, compleja y contradictoria, de las vertientes que me han acompañado en mi ejercicio de vida, en la condición dual, conjunción más de enigma. Carlos Aleph y Carlos-Enrique Ruiz son hijos de la vida y del trajinar con destino desconocido, despojados de identidad en lo singular, con desdoble en el espíritu.

Lo radical que me corresponde en la separación pertenece a la noción de asombro; pero ¿acaso Carlos-Enrique Ruiz, el que ha quedado en aquella biblioteca, podrá separarse del otro, el de la “Cátedra Aleph”, en la integración de ambiciones por el conocimiento y la verdad? Por lo pronto, un tanto separados de ese instante, el camino se confunde con el magma del tiempo: quizá el otro, el mismo.

Termino haciendo mío el verso de Aurelio Arturo: “... hay en mi corazón una gran luz de sol y maravilla”.

 

Ref.: “La Patria”, Manizales, Col., domingo 13 de abril de 2008; p. 5-a [www.lapatria.com]

Copyright ©Powered by Ciudadeje.com