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Reseña del libro "El misterio de Macongo", de Samuel Serrano

Conocido principalmente como poeta, Samuel Serrano, escritor colombiano afincado desde hace años en España, incursiona en este libro en el cuento; género huidizo y difícil definición que, según Julio Cortázar, puede considerarse como “un hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario”. Distante en el espacio pero cercano en la conciencia y los afectos, el principal personaje de El Misterio de Macongo es quizás el lugar de origen del autor.  Porque, si como dice Rilke, la labor del poeta es hacer lo exterior interior, lo visible invisible, Samuel Serrano cruzó el Atlántico con su país en la memoria, con su Caribe parrandero, su Bogotá lluviosa, severa y fría, su geografía deslumbrante y su violencia secular suavizada o intensificada en sus relatos por el humor y la ironía de su prosa.

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Ahora bien, para todo narrador, por condicionado que se encuentre por lo biográfico, el problema de la verosimilitud es asunto capital (Torrente Ballester lo llamaba realidad suficiente): de qué modo la ficción ha de ser verosímil para ser verídica y la realidad ha de volverse literaria para ser verosímil. Serrano lo resuelve imbricando realidad y ficción, y cruzando reiteradamente la frontera entre las dos en ambas direcciones, de tal manera que sus linderos acaban por fundirse, como señala –César Rodríguez de Sepúlveda, prologuista del libro–, dando como resultado, en ese sueño dirigido que es la literatura, una obra de ritmo elegante, atenta al detalle y por momentos exultante en su léxico y sus imágenes, gracias a un estilo de efectos poéticos puestos siempre al servicio del relato.  

Una lectura atenta de El misterio de Macongo certifica estas apreciaciones; de los ocho cuentos que integran el libro dos -“La corrala” y “Boca de lobo”- se encuentran situados en España y los seis restantes en Colombia, aunque algunos -como “La comparsa de la Paz”- sirven de puente, pues transcurren entre las dos orillas y conforman un sabroso contrapunto entre la mirada ilusionada y mitificadora de la española enamorada de Colombia y la desencantada  y lúcida del colombiano que la escolta en el relato. “Borletti” y “Boca de lobo”, que sirven de cabeza y cola a este libro, son dos cuentos fantásticos o quizá mágicos, pues en el primero no hay hecho fabuloso sino truco de mago, arte de birlibirloque que muestra como la imaginación actúa sobre la realidad modificándola con sus espejismos. “Boca de lobo” es un relato irónico en el que se aúnan el ancestral miedo a la oscuridad con el no menos atávico temor al lobo para narrar la experiencia de la ceguera, desmitificándola de su carácter trágico por medio de una minuciosa descripción del despertar de los otros sentidos, adormecidos hasta entonces por el imperio de la vista.

 “El misterio de Macongo” y “Una visita a Cajón del Muerto”, son un par de cuentos capitales sobre los que gravita en gran medida este libro. En el primero Enrique Guillén, un escritor sin dones pero perdidamente enamorado de la gloria, coterráneo de García Márquez, levemente velado en el relato bajo el nombre de Gabino, contrae una incurable obsesión por la obra y la persona del Nobel colombiano al que acusa de haberle robado y ninguneado inicuamente durante décadas. La historia de la literatura es rica en envidiosos, la mayoría son temibles, el Yago de Shakespeare, el Salieri de Pushkin, la Juliana de Eça de Queirós, personajes mortíferos que con astucia y alevosía envuelven a sus víctimas en la tela de araña de sus maquinaciones hasta asfixiarlos. Enrique Guillén, extremado continuador del Joaquín Monegro de Unamuno es, por contraposición,  el envidioso más inocuo que han alumbrado las letras. Todas sus artimañas culminan en fracaso, cada vez que emprende una nueva arremetida contra el coloso literario acaba en el ridículo. Finalmente, este Quijote de los malos sentimientos atrae sobre sí la simpatía del lector, una simpatía renuente e interrupta, como corresponde a tan amarillento personaje.

En “Una visita a Cajón del Muerto” –un relato por lo demás impresionante y sobrecogedor–, un periodista hace un viaje de investigación remontando uno de los grandes ríos de Colombia que se pierden en la selva –Conrad acude inevitablemente a la memoria- hasta un pueblo de macabra denominación donde un cura ha concebido la piadosa idea de apadrinar a los muertos que menudean sobre las aguas. Es inevitable juzgar este hecho, si se piensa bien, como perteneciente a la índole imaginativa que alumbró a Remedios la Bella, pero aquí a contraluz. Es un cuento en el que se va desvelando el horror de la guerra sin olvidar la ternura de ese pastor preocupado por los muertos vagantes, hasta el punto de que ya no se pescan almas sino cuerpos en el río. El sarcasmo, la ternura, la sonrisa y el espanto se entrelazan y neutralizan dejando una indeleble impresión en el lector. Ambos relatos bordean, parodian y rinden homenaje al realismo mágico y en todos, junto a la crudeza frecuente de la violencia y un humor a veces amargo y sarcástico, late una soterrada ternura, la aspiración al vuelo propia de la lírica más osada.

Pero es lícito que el lector se pregunte de parte de quién está el autor realmente. Acaso ese cuestionamiento  no importaría   si no fuera porque la sombra del Nobel es alargada y se proyecta sobre cualquier escritor latinoamericano posterior amenazando con ahogarle. ¿Cómo prosperar literariamente entonces? Ese temor a convertirse en un epígono más de García márquez quizás ha hecho que el realismo mágico haya sido repudiado por las generaciones posteriores. La postura de Serrano es ambigua, irónica, esto es, matizada. No cabe la condena a la grandeza del  Nobel ni su gregario seguimiento.

Otros personajes demediados y apaleados por la realidad colombiana que transitan por estas páginas son el enternecedor Moñoño que quiso volar como un cóndor y terminó postrado como mendigo por una bomba terrorista en las calles de Bogotá y el murciélago desdentado de “La comparsa de la Paz” que recorre el país con su disparatado grupo de figurantes. Muchas otras cosas se podrían decir de estos relatos, que su ausencia sirva de acicate para que el lector las descubra en la lectura.

 

Ref.: "El misterio de Macongo", de Samuel Serrano, Ed. Huerga y Fierro, Madrid 2012; 194 pp.  Prólogo de César Rodríguez de Sepúilveda Pardo

 

 

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