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La literatura, una forma del destino


No dejamos de buscar sentido a la vida, lugar para los seres y las cosas. En ocasiones el resultado es la desesperanza, pero en tramos aparecen luces que iluminan continuidad para las vocaciones vitales. Y la literatura es un refugio de consuelo y fomento de expectativas saludables, con incógnitas sin resolver sobrepuestas. La Tierra gira, y el universo se expande, y nosotros insignificantes puestos ahí, a la deriva. Pero en lo diminuto, nuestro mundo es ocasión para el trabajo que inventamos, o para entretener el paso.

Personalidades ha habido en todos los tiempos que deslumbran por los resultados de su labor. Artistas, pensadores, letrados, científicos,... O artesanos y campesinos modestos en su eficacia, desconocidos por costumbre. Y lo que se hace de significación se testimonia con el decir, plasmado a partir de cierto momento en la escritura. Y el desciframiento de lo que se escribe es motivo de interrogarse con reflexión, en diálogo lector-autor-texto. La literatura es, entonces, el medio más generalizado de plasmar las huellas, por lo recorrido, lo meditado y lo inventado. Científicos, artistas y escritores consignan en sus obras el testimonio de la propia vida, con momentos de fascinación, y también los de menos gozo.

Desde Homero la señal está dada, el camino emprendido, sin retroceso ni dubitación por la utilidad de la forma. Cuando queremos saber, para el conocimiento, el deleite, o la simple distracción, acudimos a las obras de los colosos, o de los menos conocidos, en afán de recrear el rumbo propio. Y la respuesta se obtiene a través de los múltiples lenguajes, que comparten y contaminan los destinos. Shakespeare y Montaigne, Goethe y Mann, Alfonso Reyes y Neruda, Oz y Grossman, García-Márquez y Eduardo Escobar... han hecho lo suyo, y las generaciones continúan encontrando en sus obras apego, para la vida y para la comprensión de la naturaleza humana, en perpetua construcción/destrucción.

Hoy el acceso a las múltiples vertientes de expresión está al alcance de la mano. Falta que la Educación prepare a todos para seguir cada uno el sendero formativo, inextinguible, con sentido de solidaridad y con la dignidad merecida de ciudadanos del mundo. Hay que aprender a aprender. La organización de la sociedad se queda corta. Campañas de lectura no faltan, pero insignificantes frente a las necesidades. De todas maneras el problema está planteado y la humanidad no dejará de buscar salidas, aun en medio de los más agudos conflictos, en el caso de las guerras que se multiplican y autoabastecen, en un tiempo en el que prepondera el interés económico, la rentabilidad, sin importar los efectos en el medio natural ni en los seres vivos.

Pericles dejó escuchar su voz, en medio de atenienses convertidos por la razón y el hábito a las bondades del debate, de hacer el bien, de la libertad y del sentido de mejoramiento en comunidad. De aquellos griegos aprendimos que el fin no justifica los medios, y que no todo vale. Es indispensable retornar a las fuentes del saber, y de la sensibilidad lograda en maneras de coexistir en pluralidad.

Esto se me ocurre al leer a David Grossman, en sus novelas y ensayos ("Véase: amor", "Delirio", "El libro de la gramática interna", "Escribir en la oscuridad"). Actitudes valerosas en la reflexión, con recuerdos de placer y momentos de crueles confrontaciones, que dejaron cicatrices en los vivientes y en la descendencia. Por ejemplo, Grossman lleva adelante su significativa obra en medio del antagonismo bélico Israel-Palestina, sin poderse sustraer del conflicto. Sus conferencias, ensayos, narrativa, testimonian las vivencias, y el lenguaje lo expande y precisa para asir las interpretaciones, los casos del diario trajinar. Llega a pensar que quizá la única libertad de disponerse, frente a la arbitrariedad, es la de expresar lo trágico con las propias palabras. No cree que sea posible escapar de la cotidianidad, que restringe y desespera. Y la historia no suele ser asumida de la mejor manera; casi siempre se la adopta con el sesgo de intereses particulares, y hasta extremistas, con simplezas, sin dar lugar al espectro amplio de consideraciones e interpretaciones. La banalidad de ideologías y políticas marca el norte, hacia el desastre.

Grossman afirmó su notable vocación de escritor desde la temprana infancia, en la asidua lectura, con descubrimiento continuo del lenguaje, portador de lo exótico y misterioso, en medio de sonoridades de atracción, hacia la comprensión. Asimiló temprano la fragilidad de la existencia, en medio de temores y subyugaciones, con el regodeo de los sueños. El ambiente de guerra no lo sustrajo de su vocación de escritor; por el contrario, le sirvió para descubrir y afirmar que el libro es lugar único en el mundo "donde pueden coexistir las cosas y su pérdida". Sus obras tienen la constante de narrar la irrupción intempestiva de la violencia en la vida de las personas. En el lenguaje tiene lugar la expresión de tramas en la forma de túneles que buscan alguna luz de salida, especie de laberintos borgesianos, para contraponer a las formas avasallantes de la propaganda. La memoria y el tiempo le sirven de ocasión para sedimentar y expresar de manera sistemática, creativa, las vivencias, con riqueza de lenguaje que asimila y acomoda en los fines de testimoniar y trascender hacia un arte de perdurar.

La lectura de un buen libro, enseña Grossman, es oportunidad para sentir contenidos espirituales, que permitan aflorar desde lo interior lo existencial en cada uno, lugares antes desconocidos.


["La Patria", 11.III.2012; p. 2-c]


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