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Un libro, un músico y un nadaísta


La obra literaria creativa de Eduardo Escobar es abundante y de calidad. Nació como poeta y se erigió como ensayista, sin mayor problema. Lector abrumador desde la infancia. Combina los géneros, desconociéndolos y recreándolos. Cuando escribe es poética su forma en el decir más solvente. Sus artículos de prensa son breves y bellos ensayos. Más de veinte libros testimonian su perseverante labor, desde su "Invención de la uva" (1966), sintonizada con la irreverencia del Nadaísmo del que fue miliciano y actor. Premio Simón Bolívar por sus columnas de prensa en diario capitalino. Ensayos y reseñas ha publicado en la "Revista Universidad de Antioquia", y en otros medios calificados. Seminarista fugitivo y discípulo del filósofo de Envigado, a quien presta atención en su pensamiento disidente. Y el cercano de Gonzalo Arango, el profeta mayor, después de Fernando González, señal anticipatoria del Nadaísmo.


Obra importante es "Gonzalo Arango, correspondencia violada" (1980, 2011), donde se concentra buena parte de la correspondencia de ese prolífico escritor, cartas y más cartas, en tiempos de los envíos en sobres estampillados. Testimonio histórico de un movimiento dinámico, inteligente, con el desafío arrogante del momento, en anticipo de mayores rebeldías intelectuales. El Nadaísmo, visto hoy, aportó elementos fundamentales a la cultura colombiana: escrituras abiertas al lenguaje cotidiano y el derecho ejercido a las diferencias. Ante todo la obra de unos cinco grandes escritores, entre ellos Gonzalo y Eduardo, de escritura aparentemente fácil e ilustrada. Escobar tiene carga abundante de información elaborada en su inquieto e inquisitivo magín. Mueve ideas, imágenes y elabora interpretaciones, en un estilo de gran riqueza idiomática, con ritmo como el que se siente en su poesía. Pieza mayor es "Homenaje a un anticuario muerto", extenso poema en memoria de su padre. De largo aliento, entre otros, su ensayo "Habla, memoria", sobre Vladimir Nabokov.

Alguna vez se le ocurrió indagar, con el apoyo del Instituto de la Cultura de Cundinamarca, sobre músico chapín, "cojitranco de misas y pasodobles", singular en la historia bogotana del siglo XIX, con la intuición de ser un personaje de novela, además con el eco influyente de su abuelo paterno, músico-cantor de iglesia. Fue quizá pionero en advertir el valor histórico de Julio Quevedo Arvelo (1829-1897), a quien califica de "hombre inteligente y culto, de noble cabeza", y de su padre el músico venezolano Nicolás Quevedo Rachadell, traído por Bolívar a Colombia, admirado en su proximidad. De su pesquisa produjo el libro "Fuga canónica", en edición de lujo por la Universidad EAFIT (Medellín, 2002). Luego investigó la musicóloga Ellie-Anne Duque, a partir de documentación encontrada en Zipaquirá y publicó libro: "Nicolás Quevedo Rachadell, un músico de la Independencia" (Ed. Universidad Nacional, Comisión Bicentenario, Bogotá 2011).

No se trata de una investigación en la esquematizada rutina de universidades, con sartal de notas pie de página, sino un trasunto meándrico que conquista el periplo vital del músico, pero que tropieza con informaciones y documentos que explora en sus intimidades para además advertir el panorama capitalino en el siglo XIX. A veces da la impresión de estar construyendo una novela, incluso con repetida invocación de esta forma en el texto al amparo de su filosofía: "la vida no es más que un ir armando cabos". Y en el conjunto tiene paréntesis de asombrosos relatos, de la más refinada literatura, en el tono singular de Eduardo, como ocurre al desarrollar recuerdos e interpretaciones sobre el "jipismo" y los Beatles. Incorpora 54 páginas de partituras, composiciones de Quevedo Arvelo, entre ellas la "Misa de Gloria a Nuestra Señora de Táriva (sic)". En el desarrollo de la obra asocia filósofos-músicos como Nietzsche; poetas como Silva, Pombo; músicos como Satie, Debussy, Poulenc, Ravel; escritores de testimonio como Tomás Rueda Vargas, José María Samper, Cordovez Moure; a los filólogos Rufino José Cuervo y Ezequiel Uricoechea...

El autor advierte desde el comienzo que no se trata de una biografía o una historia, con el método consagrado por especialistas. Su condición de irreverencia en el origen le da instrumentos para el desarrollo de este trabajo significativo, en el que saca a flote informaciones antes desconocidas, por perdidas en archivos familiares y en centros de documentación, a la espera de quien aventurase su descubrimiento. Tiende una mirada crítica a Colombia, y recoge pasajes donde se desprecian valores, o se inmoralizan acontecimientos fastuosos del arte, y acude con frecuencia a obras, autores o acontecimientos de otros lugares y épocas, para acotar la propia manera de ver el mundo. Para alcanzar la comprensión del personaje que estudia, en los términos de reconocerle "a Quevedo Arvelo el genio de pedagogo y la lucidez del visionario".

Identifica que el "chapín" Quevedo fue perseguido, como lo fueron José María Ponce de León, Honorio Alarcón, Enrique Price, pero no dejaba de tener personalidad conflictiva desde la infancia, con momentos irascibles y de aislamiento, paranoico. Se formó en la ejecución del violín, violonchelo, flauta y piano, con buenas bases en la filosofía y acertado profesor de música, autor de tratado de armonía. Viajó por Venezuela, en medio de despechos amorosos, y merodea por lugares, para retornar a Bogotá, en medio de sufrimientos de pena. Envejece precoz. Los niños lo temen y lo insultan. Su humor es negro, y la tristeza lo abate. Muere en Zipaquirá de 69 años, siendo sus últimas palabras, al escuchar voces lejanas: "¿Me dicen que ya? ¿No oyen?"

El autor recoge que Pedro Morales Pino fue alumno de Quevedo Arvelo, al señalar el influjo de este en la oleada de buenos músicos en los comienzos del siglo XX. Piensa el autor que Silva debió haberse visto muchas veces en Bogotá con su vecino El Cojo, auncuando expresa la hipótesis de Silva haberlo despreciado, por "pobre, asceta y desabrido".

Escobar repasa los músicos de la cercanía del Libertador que contribuyeron a difundir la música de Venezuela por la Nueva Granada y Perú. Y resalta la tarea cumplida por Morales Pino, y de quienes le siguieron: Ricardo Acevedo Bernal, Fulgencio García, Emilio Murillo, Carlos "el ciego" Escamilla y Luis A. Calvo, en la línea de formación por los Quevedo, padre e hijo.

Al final el libro contiene diversas descripciones que involucran a José Asunción Silva, a Carrasquilla, al Bolívar melómano, con pasión por la música popular y por el baile. Y acude a la conmemoración del centenario de nacimiento de Julio Quevedo Arvelo, en 1929, siguiendo los registros que hizo el periódico "Mundo al Día" ("Diario gráfico de la tarde"). Y recapitula aspectos de los quebrantos del personaje y de los tiempos transcurridos. Escobar llega a testimoniar las vivencias propias en sus noches de juventud "entregado al morbo de los tangos, detrás de un piano de una cantina de malandros del barrio Guayaquil en Medellín". Y señala al tango como atacante de las "partes densas del ser". El libro tiene valioso apéndice con el catálogo de las 52 creaciones musicales reconocidas de Julio Quevedo Arvelo, en las modalidades de orquesta, piano, música vocal y banda; y la discografía esencial.

El libro de Eduardo Escobar no deja de ser extraño por su no estructura, especie de "collage", por sus relatos a saltos, por sus retornos a temas de obsesión, con la palabra "novela" reiterada como intención de obra futura. Pero es un aporte significativo, por las fuentes a las que accede, por la manera zigzagueante de la narración y por las puertas que abrió para la valoración de personajes singulares en la música capitalina de ese convulso siglo XIX.


 

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