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Miércoles, 01 Julio 2009 07:44

Rafael Gutiérrez-Girardot (1928-2005)

por  Antonio García-Lozada

La vida: plenitud vital


Rafael Gutiérrez Girardot nace el 5 de mayo de 1928 en Sogamoso, Boyacá, hijo de Rafael María Gutiérrez y Anita Girardot. A los cuatro años de edad queda huérfano de padre y su abuelo materno Juan de Dios Girardot pasa a ser protector y maestro en sus años de infancia y juventud.

Los años transcurridos en Tunja durante sus estudios de primaria y secundaria, a pesar de la pérdida irreparable de su padre, fueron definitivos en su formación vital e intelectual, gracias al constante apoyo moral y didáctico de su abuelo don Juan de Dios. Quizás sea más justo decir que fueron decisivos para que Rafael Gutiérrez-Girardot viera su formación como un solo crecimiento, en el cual la experiencia vital era necesariamente un gozo intelectual, y el deleite intelectual era una plenitud vital. Esta circunstancia biográfica1 nos permite llegar a lo que parece la piedra de toque necesaria para percibir un aspecto fundamental en la personalidad de Rafael Gutiérrez Girardot que habría de dominar su actitud literaria y crítica a lo largo de su vida. La fuerte conciencia de solidaridad social y moral comenzó en su hogar, inculcada por el abuelo, y devino en el gusto que Gutiérrez-Girardot profesó a cuestionar constantemente criterios impuestos por cualquier tipo de dogmatismo, crítico-literario, político o puramente social. Rasgo sobresaliente en su conducta que pudiéramos considerar el efecto muy mediato de las enseñanzas de don Juan de Dios Girardot.

A los dieciocho años, Rafael Gutiérrez-Girardot parte para Bogotá e ingresa a la facultad de derecho de la Universidad del Rosario y asiste al Instituto de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional. Al año de haber llegado a Bogotá, como lo anota su entrañable amigo Rafael Humberto Moreno-Durán (Tunja, 1946-2005), se distingue entre sus condiscípulos por su personalidad y prodigiosa intuición artístico-crítica.2 Del Colegio del Rosario a la Universidad Nacional, la popularidad de Gutiérrez-Girardot entre amigos y condiscípulos no hizo sino crecer. En 1947, cuatro recién ingresados estudiantes -señala Moreno-Durán- se turnaban las aulas que eran de derecho de día y de filosofía de noche en la Universidad Nacional: Gabriel García Márquez (1928-), Camilo Torres (Jorge Camilo Torres Restrepo, 1929-1966), Hernando Valencia Goelkel (1928-2003) y Rafael Gutiérrez-Girardot. Ocho años después, se reencuentran en las páginas de la revista Mito, fundada por Jorge Gaitán Durán (1925-1962), en 1955 y, considerada como la puerta de entrada de la intelectualidad colombiana al vanguardismo.3 Tres de sus pilares fallecieron de 2003 a 2005: Fernando Charry-Lara (1920-2004), Hernando Valencia-Goelkel y Rafael Gutiérrez-Girardot.

Rafael Gutiérrez-Girardot llega a Madrid, España, en octubre de 1950, cursa estudios de filosofía en las clases de Xavier Zubirí (1898-1983) y sociología, filosofía del derecho y ciencias políticas en el Instituto de Ciencias Políticas de Madrid. Posteriormente, en 1953, se traslada a Friburgo, Alemania, invitado personalmente por Martin Heidegger (1889-1976), ingresa a estudiar en la Universidad Friburgo de Brisgovia y se doctora con la tesis Poesía y prosa de Antonio Machado, dirigida por Hugo Friedrich (1904-1978). En 1953 contrae matrimonio con Marliese, una dama alemana con la que tiene dos hijas: Martella y Bettina. Luego se vincula como profesor en el Instituto Iberoamericano de Gotemburgo, en Suecia, anexo a la Universidad. Entre 1956 y 1966, en medio de su ejercicio diplomático en la embajada de Colombia en Bonn, cofunda con Francisco Pancho Pérez González (Buenos Aires, Argentina, 1926) la editorial Taurus en 1959. Regresa a Bogotá en 1966 y durante los tres siguientes años enseña alternadamente en la Universidad Externado de Colombia, la Universidad La Gran Colombia, el Instituto Caro y Cuervo, y dirige un seminario sobre Hegel en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. En abril de 1970 se traslada de nuevo a Alemania cuando se le nombra profesor titular del departamento de Hispanística de la Universidad de Bonn. Allí residió hasta el 27 de mayo de 2005, día de su fallecimiento, como profesor emérito. A manera de resumen, su actividad profesoral fue amplia: enseñó, entre otras instituciones, en la Universidad de Bochum, en la Universidad de Münster, en Barnard College de la Universidad Columbia en Nueva York y en la Universidad de Maryland en College Park.

El maestro

Hablar sobre una de las mentes más lúcidas, originales, ordenadas y generosas de Colombia, Hispanoamérica y del mundo, es un compromiso realmente serio. Nuestro intento en el presente texto es dar testimonio sobre algunos aspectos de la belleza de una vida dedicada a la cultura y a la educación y, sobre todo, los aportes que nos brindó Rafael Gutiérrez-Girardot con una prosa que al rigor científico unió la fluidez de un pensamiento ordenado, la universalidad de una erudición puesta al servicio de las ideas, y la gracia de un estilo rico en giros del lenguaje y ecuánime en el momento de proponer definiciones o de llegar a conclusiones que son la madura y plena coronación de las premisas bien argumentadas. Diversas son las lecciones que otorgó el magisterio de Rafael Gutiérrez-Girardot: su modestia auténtica y no fingida, que sabía escuchar antes que pontificar; su discreción y su elegancia espiritual, transmitida tanto en el aula de clases como en la conversación de café. Igualmente legendario fue su heterodoxo horario de trabajo, que supo conquistar para establecer con la complicidad del silencio las conversaciones que requerían los libros y autores a estudiar. Además, detrás de esa imagen aparentemente severa que dejó con signada en muchos de sus ensayos, se hallaba un ser de inmensa calidad humana, curioso, virtud que le permitió ser un agudo escritor, un historiador y un crítico que nunca dejó de crecer cualitativa y cuantitativamente.

Cuando Rafael Gutiérrez-Girardot fallece en el año 2005, a la edad de 77 años, era profesor emérito de la Universidad de Bonn, una de las altas posiciones de la academia alemana y europea. A esa edad, continuaba siendo un maestro en esencia, crítico activo, con sus iluminadores y provocadores análisis de la historia y cultura a los dos lados del Atlántico y se había convertido ya en una institución. Sus conferencias siempre atrajeron a grupos diversos, pero ante todo estudiantes. Gutiérrez-Girardot fue una figura de estatura internacional, universal, un maestro moderno. Pero no hay quién deje de preguntarse, ¿maestro de qué o por qué? Él siempre estuvo convencido -como lo fue en su momento el escritor y político uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917)- de que la educación es la única salvadora de los pueblos. Y estuvo convencido también de que la inmensa labor humanística por emprender dotaría a la juventud de América Latina de un heroísmo intelectual sin precedentes. Al proporcionarle herramientas, la juventud suscitaría la discusión y la crítica. Gutiérrez-Girardot fue ejemplar en este sentido: compartió lecturas, escritos, sabiduría y calidad humana. Para botón de muestra, en su ensayo Universidad y sociedad afirma:

Para establecer una relación entre universidad y sociedad en los países hispánicos, es necesario demostrar a esas sociedades que el saber científico no es comparable con un dogma, que es esencialmente antidogmático; que el provecho inmediato del saber científico no es reglamentable ni determinable por ningún grupo de la sociedad, sino que surge de la libertad de la investigación, de la libertad de buscar caminos nuevos (…) el saber científico y la cultura no son ornamentos, sino el instrumento único para clarificar la vida misma del individuo y de la sociedad, para ‘cultivarla’ y, con ello, pacificar y dominar la ‘violencia’ implícita en la sociedad moderna burguesa, esto es, en la sociedad que todos son medios de todos para sus propios fines, en la sociedad ‘egoísta’.4

La consistencia moral, su fe y constancia en defender sus principios -en cuanto a la educación- aparecen recurrentemente a lo largo de sus reflexiones. En una entrevista, que concedió a Enrique Foffani, Gutiérrez-Girardot puntualizó que: “generalmente escribo para el público estudiantil porque escribir para los colegas es inútil. Los colegas no van a cambiar jamás. (…) Walter Benjamin (1892-1940) escribió que convencer es infructuoso. Cuando se escribe en cambio para los estudiantes y se escribe críticamente, cuando se encuentran necedades, el simple hecho de formularlas provoca la risa y el humor”.5 De ahí que, sin lugar a dudas, su labor docente se ubique en ese mismo núcleo de Rodó, esto es, en desarrollar un ethos académico que se traduce en responsabilidad moral del profesor y del estudiante. La educación debería -según Gutiérrez-Girardot- democratizarse, estar en permanente reforma, fomentando el conocimiento y la producción intelectual con instrumentos que faciliten el aprendizaje y la base formativa de la juventud.6 En resumen, quienes tuvimos el privilegio de escuchar en el aula sus estimulantes lecciones confirmamos que las distintas vertientes de su vocación pública: filólogo, crítico literario, historiador de la cultura y de las ideas, humanista, educador, traductor, maestro universitario y conferencista, convergían en un solo punto: la tarea de orientar al pueblo y especialmente a la juventud, hacia el conocimiento y desarrollo de la propia personalidad con base en la verdad y la moral, y el encauzamiento de la sociedad por senderos democráticos, de paz y armonía. La importancia de su ejemplar magisterio, más que una deconstrucción de los rótulos en boga en la historiografía literaria, fue su integridad como educador y constructor de una crítica siempre renovada e independiente que no debemos perder de vista.

Ideario

Son muchas las facetas de su personalidad y de lo que fue su quehacer. Aquí nos limitaremos a presentar algunos rasgos que intentan contribuir a una mejor comprensión del trabajo intelectual de Gutiérrez-Girardot. Por un lado, cabe destacar su pasión por la historia cultural hispanoamericana y, por otro, con todos los medios a su alcance, aspiró a orientar a nuestras sociedades para que lograran un destino superior y más prometedor para todos. A manera de preámbulo, cabe señalar por ejemplo, juicios ecuánimes como los del colombiano Moreno Durán, quien puntualiza que “Gutiérrez Girardot no se limita, empero, a monopolizar territorios ni a colonizar parcelas con ese lastimoso afán que caracteriza a los ‘especialistas’ y académicos que se apoderan de ciertos temas como si fueran bienes inalienables”.7 Al norte de nuestro continente, el ampliamente reconocido poeta y narrador mexicano José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939) en una emocionada evocación nos dice: “Lo único que lamento de las incursiones siempre fascinantes por sus escritos es que no puedo discutir a fondo con él porque no tengo ni tendré ya nunca sus conocimientos”.8 El mismo Pacheco lo elogia y lo eleva por encima del mirador olímpico de Goethe en Weimar y observa que Gutiérrez-Girardot nos “permite considerar la existencia de una literatura que modestamente llamaríamos ‘planetaria’ ya nunca más universal”.9 No obstante, el ideal de Gutiérrez-Girardot era insistir en la apremiante necesidad de que América Latina afirmase su propia personalidad frente a cualquier otro país o continente, como único medio de hacerse respetar y evitar la invasión deformante de la cultura de ellos. Aspiró siempre a despertar conciencia de la América hispana con el sentimiento profético de la cabal grandeza de sus destinos, pues la América de cultura y tradición latinas debería esforzarse en ser ella misma en la vida de la civilización. En esa línea americanista se inscribe la porción reflexiva más notable de Gutiérrez-Girardot.

Por otra parte, conviene recordar brevemente un momento clave que contribuye al perfil de su formación intelectual. Desde su llegada a Madrid, en 1950, trabó estrecha amistad con el bumangués Hernando Valencia-Goelkel, el norsantandereano Eduardo Cote-Lamus (1928-1964), el nicaragüense Ernesto Sánchez-Mejía (1923-1985) y el catalán Juan Goytisolo (1931-),10 lo cual generó un ámbito propicio para la lectura infatigable y la búsqueda de proyecciones nuevas. Este hecho de pertenencia a un grupo y, por ende, a la aspiración de construir una continuidad de estudios literarios vinculados a una cultura, a un momento histórico, generó su interés por encontrar y consolidar los elementos esenciales de la identidad cultural de los países hispanoamericanos. No estaríamos exagerando al decir que el humanismo de Gutiérrez-Girardot, a raíz de estas relaciones, evolucionó en los días de su vida en España. Fue en esta etapa fundamental de su formación en la que afirmó su creencia en la universalidad de la cultura hispanoamericana, y su voluntad de fortalecerla para lograr su inserción en el amplio mapa de las letras universales. Estas inquietudes quedaron plasmadas desde sus tempranos libros: La imagen de América en Alfonso Reyes (1955) y Jorge Luis Borges, ensayo de interpretación (1959).

Otro punto a destacar, y que no se aleja de lo antes mencionado, es que Gutiérrez-Girardot por aquellos años se unió al grupo hispanoamericano que colaboró alrededor de la revista Mito, fundada en 1955 por el poeta Jorge Gaitán-Durán y que se caracterizó por una cualidad de valor inicial indiscutible, si bien de mérito muy diverso y abierto a todas las apreciaciones, en cuanto a la realización personal: la disciplina y el rigor. La disciplina en el trabajo y en la obra; la creencia de que las cosas deben saberse bien y aprenderse de primera mano, hasta donde sea posible; la convicción de que la actividad de pensar como la de expresar el pensamiento exigen una técnica previa, por lo común laboriosa, difícil de adquirir y dominar, absorbente, y sin la cual ningún producto de la inteligencia es duradero; el convencimiento de que ni la filosofía, ni el arte, ni la literatura son mero pasatiempo o noble escapatoria contra los aspectos diarios de la vida, sino una profesión como cualquier otra, a la que es ley entregarse del todo, si hemos de trabajar en ella decentemente, o no entregarse en lo mínimo. De hecho, la “profesionalización del escritor” o “la formación del hombre de letras” fue tema de sus reflexiones. Así lo confirman puntualmente las conferencias que dictó en el departamento de Filosofía de la Universidad Nacional en 1987. En estas conferencias, se halla un punto sumamente importante en su ideario: la vinculación del escritor con su sociedad, con su pueblo. Es decir, la tarea de divulgar considerablemente la literatura y en consecuencia crear un amplio público lector. Gutiérrez-Girardot nos ubica este planteamiento dentro del contexto histórico social y cultural hispanoamericano, subrayando sus especificidades, frente a la mezcla de terminologías trasplantadas de Europa que habían reducido notablemente la real valoración del oficio y la obra profesional del escritor, del intelectual, en un medio igualmente deshumanizado.11

Desde esta perspectiva, sobresale también la concepción de que el conocimiento de la literatura debe ser encarado como un estudio de conjunto, que procura caracterizar las obras literarias relacionadas entre sí agrupadas por épocas, insertas en el medio histórico que las engendró, y proyectadas sobre el fondo en que fueron conocidas. A partir de ese intento de comprensión, Gutiérrez Girardot elabora dos conceptos capitales, tradicionalidad y ruptura, que pudieran considerarse pilares en su ideario. Los ensayos publicados en Mito son muestra de esta rigurosidad y método que consistieron en retrotraer los textos a su prístino estado y comprenderlos dentro del ambiente histórico y cultural en que fueron creados. Ambos principios sentaron, en gran parte, la base de su pensamiento crítico y según lo afirma el mismo Gutiérrez-Girardot hubo, además, en Mito una convivencia intelectual que estaba enmarcada en una apertura al mundo,12 y ella dotó de vigor y continuidad a esa tarea, conjunta en el inicio, aunque luego fue abriéndose a diferentes manifestaciones: arte, cine, poesía, investigación filológica, interpretación histórica colindante con la historia de las ideas, o el enfoque integral de todos los aspectos, históricos, ideológicos, literarios y lingüísticos.

Gutiérrez-Girardot buscó las características que eran comunes a nuestra experiencia americana, se hundió en el estudio de nuestra historia y emergió de su viaje subterráneo con una serie de datos y de ideas indispensables para el entendimiento de nuestras culturas, para el desarrollo de rasgos originales y el fortalecimiento de los lazos que nos unen con otras culturas. La lengua común -o sus declinaciones- nos da una cosmovisión que presenta asombrosas similitudes y nos entrega los vastos territorios de una patria que tiene abiertas siempre las puertas de la comunicación. Por ese camino llegó Gutiérrez-Girardot al horizonte europeo y afirmó su pasión por la filología, ciencia a la que se entregó con fervor humanista y con verdadero rigor de científico social. No fue un disector de cadáveres lingüísticos sino un galeno que sabía intervenir en el corpus literario, a fin de contemplar su esencia, y encontrar respuestas que se deducían de los mismos textos sin imposiciones o pretextos “dorados”. De este modo, se aproximó a la literatura hispanoamericana y europea, a los matices de las palabras y concibió al lenguaje como una manifestación profunda de las circunstancias históricas y de las realidades sociales. De ahí su amor por la frescura y la riqueza expresiva del habla nativa del mundo latinoamericano inserta en la poesía, como en el caso de Canciones de hogar o Los arrieros, poemas de César Vallejo (1892-1938),13 o de subrayar la riqueza expresiva en El Aleph (1949), de Jorge Luis Borges (1899-1986) como crítica del lenguaje,14 o la expresión poético-filosófica de Antonio Machado (1875-1939).15 Sabía que uno alimentaba al otro, que la cultura libresca, académica, de Borges, o la aproximación filosófica de Machado o la cultura popular que rescataba Vallejo mantenían -o debían mantener- un constante juego de influencias y conexiones. Si este juego no se realizaba, la expresión literaria languidecía y se volvía un simple ejercicio de retórica vacía, “jactancia castiza” y la cultura popular corría el peligro de desaparecer o de desfigurarse por la acción de un comercialismo que todo lo enajena, cosifica y desnaturaliza.

Las referencias puntuales y las citas bien traídas que se encuentran tan a menudo en sus ensayos echan por tierra los reproches que se le hicieron de poseer una cultura enciclopédica. Un balance total de su obra nos permite confirmar lo contrario, puesto que poseía una amplia y profunda erudición revestida de una extraordinaria capacidad receptiva y visionaria. Al ojear, por ejemplo, Hispanoamérica: imágenes y perspectivas (1989) se nota su erudición y extenso bagaje cultural. Por ejemplo, en dos de los primeros ensayos con los que se inicia este libro, Gutiérrez-Girardot se los dedica a dos autores que siempre reivindicó: uno, al dominicano Pedro Henríquez-Ureña (1884-1946) y, el otro, al mexicano Alfonso Reyes Ochoa (1889-1959). ¿Por qué? Porque Henríquez-Ureña y Reyes, junto con José-Enrique Rodó (otro de los reivindicados) son los hombres que abren la puerta ancha de la crítica literaria moderna en nuestro continente, y los tres lo hacen en la medida en que se empeñan en deslizarse por la curva metacrítica, esto es, en hacer de la crítica misma el objeto de la contemplación. Gutiérrez-Girardot sabía bien que ellos no fueron nuestros primeros críticos teóricos, que antes hubo gente de la estatura del cubano José Martí (1853-1895) o el peruano Manuel González-Prada (1844-1918), pero sabe igualmente bien que lo que en los anteriores fue tanteo y florecimiento esporádico, en Henríquez-Ureña, Rodó y Reyes se convierte en proyecto y programa eficaz.

Su simpatía intelectual por estos tres escritores es notable. Nos precisa que desde las Cuestiones estéticas (1911) de Reyes, pasando por los Seis ensayos en busca de nuestra expresión (1928) de Henríquez-Ureña y Ariel (1900) de Rodó, hasta llegar a la Última Tule (1942) y El deslinde (1944) de Reyes de nuevo, tiene lugar en América Latina una revolución en el campo de los estudios culturales y literarios.16 Con todas sus líneas al descubierto, Gutiérrez Girardot inscribe estos textos y autores en el contexto coetáneo, y de manera magistral nos desglosa, y explica las problemáticas consignadas en sus reflexiones subrayándonos que estas aún se mantienen vigentes hoy. El problema no se centraba en estudiar la literatura del momento, o del pasado, con parámetros extranjeros sino comprendiendo que así como la sociedad era susceptible de una evolución, también la literatura que la “representa” y es su expresión registraba esos cambios. Algunas de las líneas de ese repertorio de problemas fueron expuestas, debatidas, crítica y lúcidamente por Gutiérrez-Girardot: la disputa entre una idea única de la modernidad y una idea local, latinoamericana; la disputa entre una literatura y una crítica literaria que llegan a ser tales y que se entienden como tales solo en la medida de su mayor acercamiento al entorno sociocultural y otra literatura y otra crítica que apuntan de diversas maneras, con mayor o menor ahínco y lucidez, hacia el desafío de la diferencia; la disputa entre una crítica estética, que no se priva del goce y del juicio, y una crítica científica, que hace de la objetividad y la neutralidad posiciones de principio; la disputa entre una crítica de corte sincrónico, deshistorizada, y una crítica que sabe o sospecha que nada se hace nunca en el vacío temporal y surge de un contexto concreto; y la disputa entre una crítica inmanentista, que no ve más que el texto y por lo común solo las dimensiones formales del texto, y otra que opera a partir del circuito de la comunicación literaria, desde el productor al receptor. En síntesis, ningún ser humano, y mucho menos un artista, un escritor, puede sustraerse de las incitaciones del tiempo y el lugar en que le corresponde vivir.

 

La crítica

Su misión fue la de orientar, educar, destacar los valores ideológicos, humanos y estéticos de la obra de arte, que cuadraban muy bien no solo al temperamento y naturaleza íntimos de Gutiérrez-Girardot, sino también a sus objetivos literarios. De aquí que diera importancia a la crítica literaria en los distintos momentos de su vida. Gutiérrez-Girardot mostró gran interés tanto en destacar figuras de la literatura, la historia, la filosofía y la sociología, como en la valoración de la cultura, los movimientos intelectuales y la literatura universal. La sapiencia filosófica de Gutiérrez-Girardot lo llevó a explorar la poesía tanto de César Vallejo, Fernando Charry-Lara, Aurelio Arturo (1906-1974) como la de Friedrich Hölderlin (1770-1843), Hugo Ball (1886-1927), Friedrich Nietzsche (1844-1900), Georg Trakl (1887-1914), Gottfried Benn (1886-1956) y Paul Celan (Paul Antschel, 1920-1970), entre otros, como intento episteme-metodológico en la construcción de un marco original teórico y literario. Su amplio concepto del hispanismo lo motivó también a calibrar a algunos autores españoles como Francisco de Quevedo (1580-1645), José de Espronceda (1808-1842), Antonio Machado, Ramón del Valle-Inclán (1869-1935), Jorge Guillén (1893-1984) y José Ángel Valente (1929-2000). Sentía, sin duda alguna, pasión en difundir los valores de nuestra cultura hispanoamericana.

Cuando se revisan los libros y ensayos sobre la historiografía e interpretación literaria escritos por Gutiérrez-Girardot, notamos en varios de ellos continuidad, o reciclaje renovado. Y a planteamientos ya tratados las hipótesis van en aumento -en crecimiento- siempre en constante defensa de la renovación, sin perder de vista la importancia de la tradición. Al insistir en el valor de la tradición no es por una inclinación conservadora (o reaccionaria) de su espíritu, sino porque está convencido de que en la evolución, tanto del individuo como de la sociedad, el presente y el futuro tienen sus raíces más profundas en el pasado. Desde sus primeros libros sobre Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes hasta uno de sus más reveladores ensayos, A propósito de ciertas interpretaciones de la literatura latinoamericana,17 se nos presenta como un ferviente defensor de lo nuevo, de la reforma en crecimiento y, por ende, de la renovación. Pero paralela a esa concepción, desarrolla en varios de sus estudios una teoría de la tradición, que para él no es nunca un concepto estrecho o cerrado. Nos afirma, por medio de palabras de Borges, que “nuestra tradición es Europa y que tenemos derecho a esa tradición”, y luego nos subraya que “debemos ser capaces de enfrentarnos a ella críticamente. Que no la veneren o la rechacen sin más, sino que la juzguen, es decir, que creen los presupuestos para asimilarla realmente”.18 Su gran tarea fue esa, recordarnos que para construir una obra con miras hacia el futuro indiscutiblemente hay que apoyarse en el pasado de manera crítica sin sacrificar la marcha progresiva de las sociedades hispanoamericanas.

Conviene agregar, a tenor de lo anterior, que Gutiérrez-Girardot dentro de este marco de reconocer la relevancia de la tradición no fue nunca un hombre que quiso vivir petrificado en el pasado, prisionero de las viejas ideas. Por el contrario, invitó a que el individuo y las sociedades hispanoamericanas se abrieran a lo nuevo, pero sin dejar de establecer una relación crítica con el pasado. En este sentido, es de capital importancia apreciar cómo define el concepto de “generación” planteado en su excelente ensayo ¿Sólo un problema de la historiografía literaria?:

Por lo menos desde el romanticismo, que postulaba según Friedrich Schlegel [1772-1829], el ‘principio de una poesía universal progresiva’ que suprime los géneros literarios y, al ser ‘progresiva’, todo concepto pétreo; por lo menos desde Nietzsche, quien consagra y practica la ‘contradicción’ como tarea del pensamiento y suspende el principio de causalidad, es decir, la petrificación del pensamiento y todo concepto pétreo; por lo menos desde Heidegger, en fin, quien concibe sus reflexiones y análisis de la tradición filosófica como el camino a lo que ‘está por pensar’, es decir, rechaza la petrificación del pensamiento y del concepto; por lo menos desde estas posiciones, históricamente previas y contemporáneas, hubiera sido de esperar que la historiografía literaria española se preguntara si el ‘concepto’ de ‘generación’ es ajeno a los cuestionamientos de esta categoría por parte de la filosofía contemporánea, y que, al menos, arguyera suficientemente por qué lo es. Para los historiógrafos literarios -formados o deformados por una ‘filología’ arrogantemente miope-, la tarea es gigantesca.19

Es significativo subrayar la maestría de Gutiérrez-Girardot tanto por la hondura de su pensamiento como por la elevación de su estilo. En las líneas citadas arriba es interesante observar una figura que no es el símil o la metáfora sino los paralelos con los que logra excelentes resultados. Son estas comparaciones entre épocas distintas, o entre autoridades diversas, con las que ilustró cómo debemos plantarnos críticamente frente a hechos o conceptos que se perpetúan sin cuestionamiento alguno y empiezan a ser parte de la irreprochable (o pétrea) tradición. La cita anterior también se caracteriza en término de estilo por la fusión singular de la reflexión precisa con matices poéticos (anafóricos) para describirnos el concepto de lo pétreo, y a su vez proporcionarnos una visión de la forma estructural de su pensamiento. Los dos ensayos, que arriba hemos citado, llevan en germen lo que pudiera considerarse el perfil de su labor crítica. Las propuestas de Gutiérrez-Girardot encierran una serie de atractivas premisas. Primero, la responsabilidad o la función social que Gutiérrez-Girardot se atribuye como intelectual hispanoamericano y la tendencia hacia la independencia cultural de América: esto es, que “Nuestra América”, heredera hoy de un compromiso abrumador de cultura y llamada a continuarlo, no podía arriesgar su palabra sino que se decide a eliminar, en cierta medida, las imágenes negativas como las consignadas en las Lecciones sobre filosofía de la historia universal (1837), de Friedrich Hegel (1770-1831) que luego fueron repetidas de manera retorcida por el español José Ortega y Gasset (1883-1955). Es decir, Gutiérrez-Girardot piensa en la posibilidad de una reflexión teórica no dependiente, sino fundamentalmente americana. La segunda -y central- propuesta de estos ensayos consiste en dar un paso firme hacia la teoría literaria mediante el “deslinde” -para decirlo con palabras de Alfonso Reyes- entre literatura y no-literatura, es decir, no se trataba de entrar en la intimidad de la cosa formalmente lingüística, sino que debe intentar fijarse sus coordenadas, su entorno histórico y social sin reducir los hechos a meros datos que intentan comprobar solamente una intuición, y mucho menos hablar solo de su estructura.20 Sus premisas apuntan a que los estudios literarios deben apoyarse en tres métodos -históricos, sociales, culturales- pues solo en la integración de estos métodos, de manera crítica, se puede aspirar a la categoría de ciencia. Afirma que: “Una interpretación de la literatura latinoamericana que no escamotee realidades aún está por hacer, porque aún está por hacer una historia de la literatura latinoamericana con criterios modernos y sobre fundamentos seguros”.21 Hay que entender que el ensayo A propósito de ciertas interpretaciones de la literatura latinoamericana, a pesar de no ser todavía el trabajo sistemático general descriptivo de su campo crítico-literario, sí es una porción valiosa de las bases sobre las cuales fue develando temas y problemas de aquella ardua tarea existente bajo el obvio designio de lo que encierra la crítica literaria independiente. Revisando otros textos coetáneos como el Prólogo (1978) a La utopía de América (1925), de Pedro Henríquez-Ureña, es notable reconocer el núcleo de su teoría literaria. Esto es que “toda obra de arte literario ha de considerarse como un fenómeno único, histórico, ligado a un tiempo y a un espacio”.22

Hablar de Pedro Henríquez Ureña y de Alfonso Reyes es hablar de nosotros mismos; es poner la vista en lo que se hizo en esos años, independientemente de que para algunos académicos pueda parecer prehistoria (o botar corriente, como varios de sus detractores han pregonado verbalmente), es más bien tomar conciencia de lo que ahora mismo nos ocurre. En este sentido, su línea reflexiva -como lo hemos señalado- siempre estuvo orientada a ubicarnos en el contexto histórico y podríamos confirmar esta hipótesis a lo largo de su obra. Conviene recordar que ya desde el mismo subtítulo de su libro Modernismo, supuestos históricos y culturales, es obvio el valor que Gutiérrez-Girardot le otorga a la historia, pues esta le permitía esclarecer el presente apoyado en el pasado. Es decir, la historia le era útil porque bajo este enfoque el presente se hace inteligible. Desde esta perspectiva, y guardando las proporciones y orientaciones, podríamos equiparar el trabajo de Gutiérrez-Girardot al de Jean Paul Sartre (1905-1980), cuando este pregunta con su publicación ¿Qué es la literatura? La respuesta a su pregunta está dentro de la cápsula histórica. Sartre se convirtió en un nombre y quizás generó la secta de “los sartrianos”, Gutiérrez Girardot nos ha dejado un sinnúmero de herramientas para seguir su ejemplo constructor, esto es, ampliar el horizonte de sus evaluaciones.

Por otra parte, cabe destacar que Gutiérrez-Girardot fue siempre un maestro de sorpresas y Modernismo (1983) confirma este hecho. Este texto se puede apreciar como uno de los mayores aportes pues contribuyó de manera fundamental al crecimiento de la crítica literaria, en el cual las obras de Rubén Darío (Félix Rubén García Sarmiento, 1867-1916), José Asunción Silva (1865-1896), José Martí, Charles Baudelaire (1821-1867) o Joris Karl Huysmans (Charles Marie Georges Huysmans, 1848-1907) no son meros sujetos de estudio sino producto de una reflexión de su conciencia o experiencia inserta en un vasto horizonte histórico-cultural, en las que los lectores latinoamericanos estamos igualmente invitados a participar. Desde su aparición se convirtió en un libro clásico, aunque muy pocos críticos y aún menos escritores se atrevieron a decir por qué o cómo. Sinembargo, no hay texto que se haya publicado sobre el modernismo latinoamericano después de 1983 que no haga referencia al libro de Gutiérrez-Girardot. Los temas sobre la profesionalización del escritor, la presencia de la modernización de la ciudad en el arte, los rasgos de la sociedad burguesa se notan entre otros libros como Las máscaras democráticas del modernismo (1985) de Ángel Rama (1926-1983); Desencuentros de la modernidad en América Latina: literatura y política en el siglo XIX (1989), de Julio Ramos (Río Piedras, Puerto Rico, 1957-); Fundación de una escritura: las crónicas de José Martí (1992), de Susana Rotker (1954-2000) y El impuro amor de las ciudades (2002), de Álvaro Salvador Jofre (Granada, España, 1950-). El libro Modernismo suscitó polémica y amplia receptividad, porque Gutiérrez-Girardot tuvo la sabiduría de conjugar una serie de conceptos de muy lejana procedencia, y por ende, ajenos a la crítica latinoamericana, y tuvo la agudeza de iluminarnos desde variados ángulos: el social, el literario y el filosófico dentro de los supuestos históricos y culturales de este movimiento.

A nuestro juicio, los logros del maestro colombiano son muchos. Uno de ellos fue demostrar la existencia de una tradición cultural -para lo cual requería un modelo historiográfico y de periodización- y, al hacerlo, demostró también la existencia de una tradición europea que era un punto de referencia sobre el cual había que establecer una relación crítica desde nuestro horizonte hispanoamericano. Otra idea constante en Gutiérrez-Girardot es que en “Nuestra América” debe prevalecer siempre sobre lo individual. Ni los nacionalismos, ni las acciones individuales por muy bien inspiradas que parezcan deben estar nunca por encima de “la magna patria”.

 

Otras cuestiones


Hasta ahora me he acercado a sus trabajos de ordenamiento de la cultura americana, de sus reflexiones sobre las literaturas de autores de Colombia, España, México y Perú, y de sus estudios generales sobre el pensamiento y la creación artística en lengua española. Estas tareas tenían el definido propósito de abrir el campo de la investigación sobre la cultura de nuestras sociedades, pero no pretendían establecer una actitud aislacionista, encerrada para evitar las contaminaciones de otras culturas, ni tenían el chabacano y siempre peligroso tono de los nacionalismos delirantes. A Gutiérrez-Girardot le interesaba fijar los elementos constitutivos de la identidad de nuestra cultura para afirmar los lazos que la unen con todos los pueblos del mundo. Sabía que una cultura débil y desorganizada corría el peligro de ser totalmente devorada, o erráticamente percibida, por las culturas de los países hegemónicos. Por ejemplo, el 9 de mayo de 2002, cuando recibió el premio Alfonso Reyes, en su discurso cuestionó los esquemas alemanes para definir lo “latinoamericano”. Gutiérrez Girardot aseguró que:

El alemán se caracteriza por creer que es el que sabe mejor de todo y de todos; cree saber más de América Latina que cualquier latinoamericano, pero como no es así “especulan, no saben de lo que hablan; sus esquemas son muy reducidos. Hubo una época en los años sesenta o setenta en la que América Latina era objeto preferido de la sociología o la literatura, pero como muchos países latinoamericanos se han desorientado no saben entonces qué hacer; no pueden imaginarse qué pasa con Colombia o con Venezuela, por ejemplo”.23

De ahí su interés por ahondar en temas diversos: “Mestizaje y cosmopolitismo: perspectivas de interpretaciones literarias y sociológicas de América Latina”, “Sobre la crítica y su carencia en las Españas”, “Literatura fantástica y modernidad en Hispanoamérica”, “Los olvidados: América sin realismos mágicos”, “Sobre el sentido del estudio universitario”, “La ciencia conservadora”, “El intelectual y la historia”, “Formas del ensayo latinoamericano”, “Tradición republicana y cosmopolitismo”, “Literatura y política en Latinoamérica”, “La transformación de la literatura por la ciudad”. Al mismo tiempo reivindicó la obra de poetas perseguidas por el nazismo hitleriano: Gertrud Kolmar (1894-1943), Else Lasker-Schüler (1869-1945), Nelly Sachs (1891-1970, premio Nobel de Literatura en 1966), bajo el título Moriré callando. Este último libro es emblemático, por la historia que encierra en las épocas oscuras que la comunidad judía atravesó, particularmente, en Alemania y por la manera como Gutiérrez-Girardot logra unir sentires afines o universales con la novela Balún-Canán (1957), de la escritora mexicana Rosario Castellanos (1925-1974). Por supuesto, en su extensa obra, su postura es clara en cuanto a que ninguna cultura es considerada ajena. Todas son patrimonio de la humanidad entera y todas deben ser fraternalmente universales para asegurar esa diversidad y especificidad que caracteriza a la naturaleza humana. Y la riqueza de América Latina, según la percibía Gutiérrez-Girardot, está en ser tantas cosas a la vez que hacen de ella un macrocosmos en el que cohabitan casi todas las razas y culturas del mundo.

En algunos de sus ensayos sobre la identidad hispanoamericana, publicados en Insistencias y Provocaciones, Gutiérrez-Girardot de nuevo nos lleva a reflexionar con presupuestos históricos y sociológicos si somos un continente o nación únicos a los cuales debemos aferrarnos y defender nuestra especificidad para marcar la diferencia con cualquier bienintencionado vecino. La especificidad para hablar de identidad no se podía basar en premisas como las del nacionalista argentino Ricardo Rojas (1882-1957) que, “asegura que un componente esencial es la lengua, aunque las otras literaturas hispanoamericanas usan la misma…”.24 Pero el nacionalismo, en tanto creador de la nación, encierra una visión egoísta del mundo y, por ende, un sentido tiránico de la disciplina colectiva. Es voraz. Sobrepasa el reconocimiento del hecho de que los habitantes de un continente como el latinoamericano comparten lenguajes, tradiciones, valores, símbolos que nutren eso que se ha dado en llamar identidad, a veces ficción atroz, a veces nadería y no deja de alentar un apasionado sentimiento de rivalidad.

El nacionalismo ha desempeñado un papel circunstancial como impulso de autoconocimiento: la introspección de los pueblos para delinear su rostro, para tomar conciencia de su devenir, para distinguir singularidades y diferencias. Pero en el curso de su desenvolvimiento, llevado de la mano del Estado o de fanáticas élites culturales, el nacionalismo se ha mudado invariablemente en suplicio moral. En el contexto literario, Gutiérrez-Girardot exhorta a que: “se lean los libros como producto del pensamiento y creación literaria, no como catecismos o manuales de confesionario que han perdido la orientación en su parroquia”.25 En este sentido, el destino de los nacionalismos es todo lo contrario a lo que se propuso plantear Gutiérrez-Girardot, pues, este concepto ha terminado siendo siempre el sólido fundamento del despotismo que aprisiona la mente humana dentro del campo más estrecho posible, tornándola herramienta dócil de la superstición, esclavizándola con normas tradicionales, despojándola de toda grandeza y de toda energía histórica. La nacionalidad es un concepto de limitación y es básicamente viciado por la política. La amplitud de las inquietudes intelectuales de Gutiérrez-Girardot lo sitúan fuera de los cauces nacionalistas y sobre todo de los (pre)juicios crítico-literarios que se inclinaron por subrayar inútilmente el carácter nacional, el color local, hasta llevar el nacionalismo a extremos grotescos, esto es, generando feroces diatribas e interminables polémicas como la de hispanistas versus indigenistas. Pues amén de haber sido una incitación a adorar todo lo que fuese nacional, o autóctonamente latinoamericano, fue también la máscara de la envidia, pasión callada e inconfesable, e incluso el disfraz de una cultura machista.

Conclusión

Es prudente acercarse de manera desprevenida a la obra de Gutiérrez Girardot en su intento por elaborar una teoría literaria, aunque todavía no se reconozca que se ha concretado. Pues -desde mi perspectiva- se puede comprobar que sí implementó una teoría crítica en la cual la dimensión tanto estética como socio-histórica juega un papel capital y obliga a que nuestros estudios literarios se despojen de la falsa objetividad cientificista de los “ismos” y se asuma la responsabilidad -para decirlo con sus propias palabras- de renovar y enriquecer nuestro pasado literario.

 

Bibliografía
Textos citados


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Pacheco, José Emilio. Prólogo a la tercera edición de Modernismo, supuestos históricos y culturales. México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

Vivas Hurtado, Selnich. Diálogo con Rafael Gutiérrez Girardot. “Todo lo contrario a la razón es la autoridad”. En Revista Universidad de Antioquia, No. 235, enero-marzo, 1994.


Bibliografía selecta de Rafael Gutiérrez Girardot

Gutiérrez Girardot, Rafael. Aproximaciones. Bogotá, Procultura, 1986.

—. César Vallejo y la muerte de Dios. Bogotá, Panamericana Editorial, 2000.

—. Crítica y ficción: una mirada a la literatura colombiana contemporánea. Bogotá, Cooperativa Editorial Magisterio, 1998.

—. Cuestiones. México, Fondo de Cultura Económica, 1994.

—. El fin de la filosofía y otros ensayos. Medellín, Ed. Antorcha-Monserrate. Eds. Papel Sobrante, 1968.

—. El intelectual y la historia. Caracas, Fondo Editorial La Nave Va, 2001.

—. El pensamiento hispanoamericano. México, UNAM, 2006.

—. En torno a la literatura alemana contemporánea. Madrid, Taurus Ediciones, 1959.

—. Entre la ilustración y el expresionismo: figuras de la literatura alemana. Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2004.

—. Heterodoxias. Bogotá, Taurus, 2004.

—. Hispanoamérica: imágenes y perspectivas. Bogotá, Editorial Temis, 1989.

—. Historia, sociedad, cultura y praxis política en José Luis Romero. Edición de Rafael Gutiérrez Girardot.
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—. Horas de estudio. Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1976.

—. Insistencias. Bogotá, Editorial Ariel, 1998.

—. Jorge Luis Borges. El gusto de ser modesto, 7 ensayos de crítica literaria. Bogotá, Panamericana Editorial, 1998.

—. Jorge Luis Borges: ensayo de interpretación. Madrid, Insula, 1959.

—. La formación del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX. Maryland, University of Maryland at College Park, 1992.

—. La imagen de América en Alfonso Reyes. Madrid, Insula, 1955.

—. Machado: reflexión y poesía. Tercer Mundo Editores, 1989. (Ampliación y revisión de Poesía y prosa en Antonio Machado. Madrid, Guadarrama, 1969).

—. Modernismo. Barcelona, Montesinos Editor, 1983.

—. Modernismo, supuestos históricos y culturales. 2ª. edición corregida y aumentada. Bogotá, Universidad Externado de Colombia - Fondo de Cultura Económica, 1987.

—. Modernismo, supuestos históricos y culturales. 3ª. Edición. México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

—. Moriré callando. Tres poetisas judías: Gertrud Kolmar, Else Lasker-Schüler y Nelly Sachs. Barcelona, Montesinos Editor, 1996.

—. Nietzsche y la filología clásica. Buenos Aires, Eudeba, 1966.

—. Nietzsche y la filología clásica. Homero y la filología clásica. Universidad de Málaga, (segunda edición) 1997.

—. Nietzsche y la filología clásica. La poesía de Nietzsche. Bogotá, Panamericana Editorial, 2000.

—. Provocaciones. Bogotá, Editorial Ariel, 1997.

—. Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana. Bogotá, Ediciones Cave Canem, 1989.

—. Tradición y ruptura. Bogotá, Random House Mondadori, 2006.

La bibliografía del autor es bastante extensa. La elaborada por José Hernán Castilla, de textos publicados hasta 1988, es la más comprensiva y está en el libro Hispanoamérica: imágenes y perspectivas, selección de textos de Rafael Gutiérrez Girardot (Bogotá, Editorial Temis, 1989). Agregamos aquí algunos artículos que aparecieron en publicaciones periódicas en España, Estados Unidos y Colombia.


Artículos

Gutiérrez Girardot, Rafael. Carta de Lord Chandos. En Cuadernos Hispanoamericanos, No. 646, 2004: 61-70.

—. El fragmento Fiesta de la paz, de Hölderlin. En Revista de Occidente, 2003: 64-81.

—.Eros y política. En Textos sobre Jorge Gaitán Durán. Ediciones Casa Silva, 1990: 51-58.

—. Heidegger como maestro. En Argumentos. Bogotá, No. 22-23, 1990: 48-50.

—. Heidegger y el Nacionalsocialismo. En Gaceta, Colcultura, No. 11, 1991: 8-11.

—. La lección política de Alejo Carpentier. En Inti, Revista de Literatura Hispánica, 2004: 5-12. __. La tierra prometida: la trilogía novelística de Gerardo Mario Goloboff. En Hispamérica, Revista de Literatura, No. 62, 1992: 112-126.

—. Literatura y sociedad: balance y perspectivas en América Latina. Antonio Cornejo Polar, Rafael Gutiérrez Girardot, Beatriz Sarlo. En Hispamérica: Revista de Literatura, No. 58, 1991: 29-44.

—. Tradición republicana y cosmopolitismo. En Gaceta, Colcultura. No. 1, marzo-abril, 1989: 44.


Colaboraciones en obras colectivas

Gutiérrez Girardot, Rafael. Cervantes en América. En Territorios de la Mancha: versiones y subversiones cervantinas en literatura hispanoamericana. Actas del VI Congreso Internacional de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, 2004. Coord. Matías Barchino Pérez, pp. 19-26.

—. Génesis y recepción de la poesía de César Vallejo. En César Vallejo, obra poética. Coord. Américo Ferrari. París, Colección Archivos ALLCA XX, Vol. 4, 1988. pp. 501-538.

—. Historia y naturaleza en la poesía de Aurelio Arturo. En Aurelio Arturo, obra poética completa / Coord. Rafael Humberto Moreno-Durán. París, Colección Archivos ALLCA, Vol. 57, 2003. pp. 417-437.

—. José Fernández Andrade: un artista colombiano finisecular frente a la sociedad burguesa. José Asunción Silva, obra completa. Coord. Héctor Orjuela. París, Colección Archivos ALLCA XX, Vol. 7, 1990. pp. 623-635.

—. La literatura hispanoamericana de fin de siglo. En Historia de la literatura hispanoamericana. Coord. Luis Iñigo Madrigal, Madrid, Cátedra, Vol. 2, 1993. Del neoclasicismo al modernismo, pp. 495-506.

—. León de Greiff, nórdico vate colombiano. En Pasajes = Passages = Passagen, homenaje a Christian Wentzlaff-Eggebert. Coord. Valérie Heinen, Susanne Grunwald, Claudia Hammerschmidt, Gunnar Nilsson, 2004, pp. 471-478.

—. Pedro Henríquez Ureña y la historiografía literaria latinoamericana. En Pedro Henríquez Ureña, ensayos. Coord. Ana María Barrenechea y José Luis Abellán. París, Colección Archivos ALLCA, Vol. 35, 1993. pp. 799-805.

—. Prólogo. La utopía de América, de Pedro Henríquez Ureña. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978. pp. IX-XL.

—. Prólogo. Última Tule y otros ensayos de Alfonso Reyes. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1991. pp. IX-XLIII.

—. Secularización y sentido de la realidad histórica y crítica de la literatura española. Coord. Francisco Rico Manrique, Vol. 6, Tomo 2, 1994. Modernismo y 98: primer suplemento. Coord. José Carlos Mainer Baqué, pp. 102-108.

 

Bibliografía sobre Rafael Gutiérrez-Girardot

Caminos hacia la modernidad: homenaje a Rafael Gutiérrez Girardot. ed. Juan Guillermo Gómez, Bettina Gutiérrez Girardot y Rodrigo Zuleta. Frankfurt, Vervuert, 1993.

Revista Aleph, Manizales. Número monográfico dedicado a Rafael Gutiérrez Girardot. ed. Carlos Enrique Ruiz. No. 134, julio/septiembre 2005.

Revista Aquelarre. Homenaje / Selección de textos de Rafael Gutiérrez Girardot. ed. Julio César Carrión Castro. Universidad del Tolima, Vol. 4 No. 8, 2005.

Salvador Jofre, Álvaro. El legado intelectual de Rafael Gutiérrez Girardot. En Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. No. 61. Lima-Hanover, 2005.

Sánchez Lozano, Carlos. Rafael Gutiérrez: el ensayo como crítica radical de la cultura. En Revista Universidad de Antioquia. No. 235, 1994.

Territorios intelectuales: pensamiento y cultura en América Latina. ed. Javier Lasarte. Caracas, Editorial La Nave Va. 2001.

Zuleta, Rodrigo. Rafael Gutiérrez Girardot y sus afinidades electivas. En Boletín Cultural y Bibliográfico, No. 40, Vol. XXXII, Bogotá, 1997.

Cfr.: “Pensamiento colombiano del siglo XX”. Ed. Instituto Pensar, Universidad Javeriana, Bogotá 2008, pp.393- 413

1 Los datos biográficos que aparecen en este texto, fueron proporcionados por Rafael Gutiérrez Girardot en varias de nuestras charlas, pero en particular, en los múltiples encuentros que sostuvimos durante un semestre que comenzó en la primavera de 1990 en la Universidad de Maryland, College Park, cuando fui su alumno, además de datos consignados en el epistolario que intercambiamos por veinte años.

2 Moreno-Durán, Rafael Humberto. Aleph, No. 134, pp. 8-9. Manizales, Colombia.

3 Moreno-Durán. Aleph, No. 134, p.12.

4 Gutiérrez Girardot, Rafael. Universidad y sociedad. En Argumentos, Bogotá, No. 14-17, 1986, pp. 64-65.

5 Foffani, Enrique. Entrevista a Rafael Gutiérrez Girardot. En Revista de Lengua y Literatura, Universidad Nacional de Comahue, Argentina, Facultad de Letras y Humanidades, VIII, 15-16, 1994, pp. 89-106, 1994.

6 Vivas Hurtado, Selnich. Diálogo con Rafael Gutiérrez Girardot. “Todo lo contrario a la razón es la autoridad”. En Revista Universidad de Antioquia, No. 235, enero-marzo, 1994, pp.8-9.

7 Moreno-Durán, Rafael Humberto. Los argumentos del francotirador. En Caminos hacia la modernidad. Homenaje a Rafael Gutiérrez Girardot, Vervuert, 1993, p. 39.

8 Pacheco, José Emilio. Prólogo. En Rafael Gutiérrez Girardot, Modernismo, supuestos históricos y culturales. México, Fondo de Cultura Económica, 2004, p. 14.

9 Pacheco. Op. cit., p. 15.

10 Goytisolo, Juan. Coto vedado. Barcelona, Seix Barral, p. 181. 1985.

11 Gutiérrez Girardot, Rafael. Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana. Bogotá, Ediciones Cave Canem, 1989.
Gutiérrez Girardot, Rafael. La formación del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX. En El intelectual y la historia, Caracas, Fondo Editorial La Nave Va, 2001, pp. 57-64.

12 El Tiempo.com / Lecturas, 21 de abril de 2005.

13 Gutiérrez Girardot, Rafael. César Vallejo y la muerte de Dios. Bogotá, Panamericana, 2000. pp. 20-45.

14 Gutiérrez Girardot, Rafael. Jorge Luis Borges. El gusto de ser modesto. Bogotá, Panamericana, 1998. pp. 15-33.

15 Gutiérrez Girardot, Rafael. Lírica y filosofía en Antonio Machado. En Heterodoxias, Bogotá, Taurus, 2004, pp. 181-208.

16 Gutiérrez Girardot, Rafael. Hispanoamérica: imágenes y perspectivas. Bogotá, Editorial Temis, 1989.

17 Gutiérrez Girardot, Rafael. A propósito de ciertas interpretaciones de la literatura latinoamericana. En Gaceta. Bogotá, Colcultura, Vol. 1, No. 9, abril 1977, pp. 22-30.

18 Op. cit. pp. 25-26.

19 Gutiérrez Girardot, Rafael. Revista de Literatura Quimera, Barcelona, No. 171, julio-agosto 1998, pp. 25-26.

20 Op. cit. pp. 22-23.

21 Op. cit. p. 30.

22 Prólogo de Rafael Gutiérrez Girardot a La utopía de América, de Pedro Henríquez Ureña, Caracas, Biblioteca Ayacucho, No. 37, 1978, p.xix.

23 Hartmann, Alia Lira. La Jornada, México. 9 de mayo de 2002.

24 Gutiérrez Girardot, Rafael. Provocaciones. Bogotá, Editorial Ariel, 1997, p. 207.

25 Op. cit. p. 208.

 

 

 

 

 

 


 

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